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Full text of "Enseñanzas y profecias"

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in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/enseanzasyprofecOOteje 



UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 



000436 



3303 



Biblioteca CUBA 



Diego Vicente Tejera 



XIV 



Enseñanzas y Profecías 



Julio 15 de 1916. 



uwreitsrrYUB&ARY 

UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA 
ATCHAPaHILl 

HABANA 

Imprenta "La Prueba" Obrapía 98» 

1916 



AL LECTOR 

Ser poeta no es lo que creen mu- 
chos, — pasear de melena y sombrero 1 
alón por los parajes ensombrecidos, 
y escribir, hoy una quintilla a la 
azucena, y mañana un dístico a la 
col. Ser poeta no es cosa del sombre- 
ro, ni es poesía cuanto se escribe en 
verso. Ser poeta es tener en la mente 
y en el alma un nido de ruiseñores y 
de águilas : porque no es poeta el que 
dueño del don divino, vive satisfecho 
entre un conglomerado de gentes sin 
ideales, de mercaderes proveedores 
de establos y restaurantes, — compa- 
ñero lo mismo, como Orfeo, de los que 
van a la conquista del vellocino de 
oro, que, como Esquilo, de los que 
van a rescatar a Salamína. ... Y son 
además de poetas, hombres, los que 
cuando los tiempos lo disponen, de- 
jan la lira y esgrimen la espada o la 
pluma del combatiente, o hacen de la 
tribuna, reducto de civismo y cátedra 
de anunciaciones: clarín del honor y 
corcel de la virtud. Poeta fué Diego 
Vicente Tejera, porque en sus can- 
tos — libres de menjurjes y coloretes, 
y de sudores mal olientes — ni hay 
emociones ficticias ni entusiasmos uti- 
litarios ni melancolías mentirosas. Y 
3 



hombre, porque cuando la patria san- 
graba y pedía hijos valerosos capaces 
de ofrendarle la vida, e hijos talen- 
tosos capaces de señalarle y apartarle 
los estorbos del camino y de no dejar 
apagar la llama de la fe, Tejera su- 
po apresar los dulces ruiseñores de 
su mente y de su alma, y dar salida 
únicamente a las águilas bravias. 

En Cayo Hueso, peñón heroico, cen- 
tinela de Cuba esclava, como para 
que España no nos la acabara, y 
guardián de Cuba libre, como para 
que los Estados Unidos no nos la arre- 
baten nunca, en Cayo Hueso, fué a 
plantar su tienda de peregrino, 
cuando la última guerra de indepen- 
dencia, el cantor de La Hamaca. Allí, 
entre aquellos cubanos abnegados, en 
la sala de San Carlos, dejó oir pe- 
riódicamente su voz, para enseñar a 
ser hombres, a vivir en la Repúbli- 
ca, a muchos tal vez de los que ahora 
mismo, bajo la vestidura de po- 
líticos no saben vivir como ciudada- 
nos ... De aquellas conferencias, pro- 
nunciadas hace diecinueve o veinte 
años, con la mirada y el pensamiento 
en la tierra amada, la BIBLIOTECA 
CUBA, fiel a su programa, recoge 
cuatro y las ofrece en este volumen, 
¿Quién no recuerda a Diego Vicente 
Tejera? Era flaco de cuerpo: era 
grande de corazón : tenía mucho ta- 
lento, sólida cultura y rebosaba de 
amor por los pobres, por los humildes, 
por los menesterosos . . . 

N. C. 



LOS FUTUROS PARTIDOS POLÍTICOS 
DE LA REPÚBLICA CUBANA 

(Conferencia dada en San Carlos, Cayo 
Hueso, el 3 de Octubre de 1897). 

Al principiar esta serie de confe- 
rencias sociales y políticas, quiero, co- 
mo preliminar indispensable, fijar, de 
modo definitivo, lo que debéis esperar 
de mí. No he de regalaros con discur- 
sos que os deleiten : nunca he sido 
orador, y no voy a empeñarme en ser- 
lo ahora, dando a mis pensamientos 
un ropaje amplio y rico, cuando ten- 
go, como escritor, el hábito de presen- 
tarlos desnudos o ataviados con extre- 
mada sencillez. Tampoco intento ins- 
truiros : que semejante pretensión fue- 
ra ridicula en hombre, como yo, que 
nada ha profundizado, que nada sabe 
técnicamente, que si algo ha visto y 
algo ha leído, lo ha hecho con ojos de 
curioso, no reteniendo del mundo y 
de las cosas sino impresiones e ideas 
generales. Mi solo objeto, al congrega- 
ros aquí, es que conversemos, como en 
familia, de asuntos que nos importan 
mucho, en nuestro doble carácter de 
cubanos y de trabajadores; que bus- 
5 



quemos juntos, con ánimo tranquilo 
y afectuoso — ya que hemos de consti- 
tuir mañana una nueva sociedad en 
Cuba — la manera de llevar a esa so- 
ciedad un poco de justicia, algo de 
equidad que la diferencie de otras 
comunidades del mundo, que han en- 
vejecido en la práctica de la injusti- 
cia y que, por viejas, muéstranse re- 
fractarias a la regeneración. 

Nuestra situación — considerad bien 
esto — es excepcionalmente favorable. 
Se nos va a ofrecer realizado, en Cu- 
ba, un ideal que no pueden acariciar 
los socialistas europeos, agitándose, 
como se agitan, en el seno de socie- 
dades inconmovibles, petrificadas en 
los moldes del antiguo régimen : Cuba 
se nos presentará con ese régimen an- 
tiguo hecho pedazos, sin nada en pie: 
campo desmontado, arado y hasta abo- 
nado con la sangre de la tiranía, en 
donde podremos arrojar las semillas 
que nos plazca : tabula rasa inmensa, 
en donde podremos construir a nues- 
tro antojo. Preciso es, pues, que apro- 
vechemos la situación excepcional; 
que a la hora de sembrar, estemos allí 
con nuestro grano de bendición para 
lanzarlo al surco; que a la hora de 
construir, estemos allí con nuestros 
materiales y nuestros instrumentos, 
no sea que los adversarios naturales 
se nos anticipen, y se construyan vi- 
viendas cerradas, y nos dejen en la 
calle. 

Pero en los actuales momentos, no 
debemos hacer sino simple obra de 
preparación. Por justa y noble que 
6 



sea la lucha que hemos de emprender 
mañana contra los explotadores del 
trabajo obrero, hay para nosotros — 
hoy — otra lucha más urgente, más 
vital, más santa si se quiere, y que 
exige la consagración absoluta de to- 
das nuestras energías: ésa en que es- 
tamos empeñados para barrer de Cu- 
ba, con el dominio español, el régi- 
men antiguo; esa que ha de darnos 
una patria, es decir, el suelo en qué 
fundar la realización de nuestras más 
bellas esperanzas. Es necesario hacer 
mucho hincapié sobre este punto. Que 
no se diga, que nadie pueda mañosa- 
mente decir que los obreros del Cayo 
carecen de patriotismo, o que lo en- 
tienden mal; que con reivindicaciones 
impacientes van a suscitar obstácu- 
los a esta revolución que a todos nos 
redime y dignifica. No: el obrero cu- 
bano, antes, mucho antes que su pro- 
pia miserable condición como traba- 
jador, ha sentido la miserable condi- 
ción de Cuba como colonia, y sus pri- 
meras manifestaciones en la vida pú- 
blica no han sido para reclamar de- 
rechos dentro de la misma sociedad 
cubana, sino para establecer su dere- 
x cho primordial de figurar como hom- 
bre libre a la faz de las naciones. Con 
ese instinto político de que está dan- 
do muestras admirables, comprendió 
que ante todo había que hacer patria, 
y se le ha visto acallar sus resenti- 
mientos de clase postergada, para dar 
mayor vigor a su protesta de colono 
escarnecido. El obrero cubano fué el 
primero que acogió y alentó los pla- 
7 



nes libertadores de Martí ; en él, como 
en base inquebrantable, se apoyó el 
agitador para la creación del famoso 
"partido revolucionario", que inició 
la guerra y la sostiene con fervor que 
no desmaya, y el oro, fruto de su 
incesante trabajar, no ha dejado un 
momento de convertirse en plomo 
que disparar contra el pecho del ti- 
rano. Pierdan, pues, todo temor los 
suspicaces: no suscitaremos el menor 
obstáculo, antes procuraremos remo- 
ver los que otros opongan a la mar- 
cha de la revolución. Pero séanos per- 
mitido, ante la perspectiva del cer- 
cano triunfo, ir tomando posiciones. 
Otros las toman, otros las vienen to- 
mando de muy atrás, y aun algunos, 
por su precipitación nerviosa, nos ha- 
cen sonreir o arrugar el entrecejo; 
pero no hemos dicho ni diremos nada 
contra ellos, porque en su derecho 
están, después de todo. 

Y es que la hora, que pronto ha de 
sonar, será solemne y decisiva. Libre 
Cuba al fin, conquistada la patria, 
va el pueblo cubano a verse en frente 
de un desquiciamiento universal. To- 
do ha caído, todo ha tenido que caer : 
instituciones, leyes, costumbres, toda 
la antigua manera de vivir y de pen- 
sar, la riqueza, la industria, y — arras- 
trado por el cataclismo — hasta el ho- 
gar material, y con él la familia y la 
ventura. Todo yace allí en pavoroso 
hacinamiento, testimonio — por su pe- 
sadumbre — de la dureza de España, 
que levantó aquella máquina opreso- 
ra, y del esfuerzo heroico del cubano, 
8 



que ha sabido echarla a tierra: por- 
que aquel montón de escombros es la 
colonia derribada. El espectáculo se- 
rá terrible, pero no desconsolador. El 
cubano, orgulloso de lo que supo ha- 
cer, cobrará fresco . aliento para aco- 
meter la segunda parte de su obra. 
Porque no destruyó sino para recons- 
truir. De aquella informe ruina hay 
que sacar a luz una Cuba nueva, en 
que haya todo aquello de que careció 
y por cuya posesión suspiró la anti- 
gua Cuba, principalmente mucha li- 
bertad y mucha justicia — mucha jus- 
cia, para que completemos nuestro le- 
ma republicano, puesto que justicia 
es igualdad, e igualdad es fraterni- 
dad. La obra será magna, y para que 
sea también hermosa y buena, será 
indispensable que todos los cubanos 
— todos — pongan su mano en ella, que 
todos le infundan su espíritu, que to- 
dos encarnen en ella sus aspiracio- 
nes. Mal empezaría nuestra nueva vi- 
da de justicia y libertad, si privado 
del abrigo de nuestras instituciones, 
quedase expuesto a morir en la in- 
temperie un solo anhelo legítimo, un 
simple sueño noble y generoso. 

Las varias aspiraciones de los cu- 
banos se concretarán, naturalmente, 
en esa hora delicada de la creación 
de una nacionalidad, y surgirán a la 
vida pública los partidos políticos. Es 
muy probable, porque es lógico y por- 
que la historia de los pueblos nuevos 
así lo hace esperar, que al principio 
no se formen sino dos grandes agru- 
paciones, que aspiren a encarnar las 

9 



dos opuestas tendencias que regulan, 
por su lucha, la vida, a la vez esta- 
ble y progresista, de las sociedades 
modernas: la tendencia conservadora 
y la tendencia liberal. Fácil nos sería 
— desde ahora y desde aquí — prede- 
cir cuáles han de ser las cuestiones 
que servirán de programa a cada uno 
de los partidos y de qué elementos y 
hasta de qué personas se compondrán. 
La forma republicana y democrática 
de gobierno es seguramente cosa in- 
discutible ; pero nuestra república 
¿será unitaria o federal? — He aquí 
el primer punto que determinará la 
división de los cubanos, y es induda- 
ble que los timoratos, los " sesudos", 
los ricos, los peninsulares que se na- 
turalicen y los antiguos autonomistas 
a la española, los conservadores inna- 
tos en una palabra, optarán por la 
república unitaria, donde la centrali- 
zación es mayor y el principio de au- 
toridad más fuerte : los elementos li- 
berales, en cambio, y por la aspira- 
ción contraria, abogarán por la re- 
pública federal. No quiere esto decir, 
por supuesto, que cuestión tan ardua 
y compleja como la forma adminis- 
trativa que haya de darse a la repú- 
blica, deba ser examinada desde el 
solo punto $e vista de la mayor o 
menor expansión liberal que consien- 
ta cada forma y que dejen de consi- 
derarse otros aspectos de importan- 
cia extraordinaria: lo que quiero sig- 
nificar — y esto como ejemplo de lo 
que sucederá en todas las demás cues- 
tiones de que vendrá preñado el pro- 
10 



blema de la reconstrucción — es que 
el simple grado aparente de liberali- 
dad será lo que determine los prime- 
ros movimientos de las masas en un 
sentido u otro. 

Tendremos, pues, en Cuba, según 
toda probabilidad, dos grandes parti- 
dos políticos que sabe Dios con qué 
nombres, mas englobando respectiva- 
mente las tendencias progresistas y 
reaccionarias, concurrirán a la obra 
gigantesca de darnos buena Consti- 
tución y buenas leyes. Justo y natu- 
ral; y bien puede el trabajador, el 
obrero, según su temperamento, afi- 
liarse aquí o allí, y aun sería más 
propio y conveniente que apoyase a 
los liberales, quienes, en los asuntos 
meramente políticos, tendrán a no 
dudarlo soluciones más en armonía 
con sus justas pretensiones a la vida 
plena del derecho. Pero tenga enten- 
dido el obrero cubano que ni libera- 
les ni conservadores resolverán su 
problema capital, que ni siquiera in- 
tentarán resolverlo, y que atentos so- 
lamente a la lucha más o menos ele- 
vada que entablarán en disputa del 
poder, no se acordarán del oscuro 
proletario sino para tomarlo de es- 
cabel, en cambio de promesas cuanto 
más halagadoras más falaces. 

El obrero ha de pelear por sí mis- 
mo su batalla, abiertamente, en pleno 
día, dondequiera y en cualesquiera 
condiciones que se encuentre: así lo 
comprueba el somero conocimiento de 
la historia de sus agitaciones en Eu- 
ropa. Al promediar el presente siglo, 
11 



cuando entraba en el período agudo 
el viejo conflicto entre el Capital y 
el Trabajo, las clases proletarias, in- 
expertas, empezaron a confiar sus rei- 
vindicaciones a los más avanzados de 
los partidos políticos existentes, y aun 
llegaron a soñar que al simple adve- 
nimiento de la república en aquellos 
feudos de vetustas monarquías, la 
redención del obrero quedaría con- 
sumada y volvería a brillar sobre la 
tierra el sol del Paraíso. Pero la re- 
pública surgió y volvió a surgir en 
Francia, apareció en España la repú- 
blica, subieron al poder en otros paí- 
ses los partidos radicales .... y el 
obrero continuó bajo el dominio del 
capitalista, tan vejado y explotado 
como antes, y más triste, más colé- 
rico por la nueva decepción. 

Entonces comprendieron las clases 
trabajadoras en qué consistía su ver- 
dadero interés, y desligándose por 
completo de la política ajena, que de 
tal modo las había engañado, consti- 
tuyéronse en organismos aparte y en- 
traron con bandera propia en la con- 
tienda. De aquel día data su impor- 
tancia, porque se vio que el obrero 
era una fuerza, y una fuerza inte- 
ligente. Hay que estudiar la apari- 
ción del partido socialista en Ale- 
mania, y luego en Bélgica y en Fran- 
cia, para darse cuenta de la habili- 
dad singular, pasmosa, con que — es- 
quivando obstáculos, tremendos unos 
por su tamaño y dureza, infames otros 
por su misma pequenez, de que le 
llenaban el camino los gobiernos im- 
12 



placables — ha ido extendiendo y a la 
vez consolidando sn organización, se 
ha introducido en los parlamentos y ha 
adquirido al fin allí tal personalidad, 
que se ha dado el caso de que desem- 
peñara papel principalísimo, hasta de 
arbitro, en la resolución de asuntos 
vitales para la Nación. Con frecuen- 
cia los gobiernos mismos le ofrecen 
concesiones, a cambio de su voto en 
materias extrañas a su programa de 
partido. 

Porque al fin es un partido. En 
Alemania sobre todo, merced a la 
dirección a todas luces magistral de 
jefes políticos como Bebel, como Lieb- 
knecht, el partido socialista es hoy 
insuprimible y casi incontrastable, y 
podría ya prefijarse el día, aunque to- 
davía lejano, en que, dueño por cre- 
cimiento natural de la inmensa ma- 
yoría del pueblo y habiéndose infil- 
trado hasta en las clases superiores, 
imponga su ideal con niguna o con 
muy poca resistencia. No sé si me 
equivoco, pero creo que la futura re- 
volución alemana, más trascendental 
que las - histórica francesa, costará me- 
nos sangre y menos lágrimas a la hu- 
manidad. 

Pero también ¡ qué pueblo el ale- 
mán! ¡qué sabiduría en los jefes! 
¡ qué razonada convicción y qué dis- 
ciplina en los soldados ! ¡ qué energía 
y qué prudencia en todos! La lucha 
violenta los habría perdido en medio 
de aquel Imperio totalmente militar, 
y optaron por la lucha de discusión 
y propaganda, lucha severamente le- 

13 



gal, dolorosísima al principio, cuando 
por débiles tuvieron que soportar las 
brutalidades de Bismarck; pero lle- 
vadera luego, cuando cobraron fuer- 
zas, y digna por último y hasta victo- 
riosa en cierto modo, cuando se vie- 
ron respetados y en más de una oca- 
sión solicitados por el mismo Canci- 
ller de Hierro. 

Sería, pues, hacedero y altamente 
provechoso que, entre los futuros par- 
tidos que aspirarán a dirigir y a mo- 
delar según sus planes la república 
cubana, figurase la clase obrera como 
partido independiente, con un pro- 
grama limpiamente definido, con pro- 
cedimientos ya estudiados, con aspi- 
raciones que no tendiesen más que a 
la realización de la justicia, con un 
criterio amplio y generoso que supie- 
se acoger con afabilidad las exigen- 
cias del derecho ajeno; partido que 
se empeñase en contribuir con los 
demás al engrandecimiento de la pa- 
tria; partido de gobierno, en fin, cu- 
ya subida al poder no pudiese ser mi- 
rada sino como cosa plausible y na- 
tural. 

Y he llegado, queridos compatrio- 
tas, aj punto capital de mi pobre con- 
ferencia. Yo querría tener autoridad 
suficiente para indicaros lo que debe 
ser y lo que no debe ser ese parti- 
do; querría que pudieseis ver, dentro 
de mí, todo el cariño a Cuba y a vo- 
sotros que, a pesar de mi humildad, 
me dicta aquí un consejo. Poco val- 
go como inteligencia ; pero puedo ase- 
guraros, por lo mucho que he visto, 

14 



por lo mucho que he meditado en mi. 
azarosa vida, que el odio es absoluta- 
mente estéril; que nada en cambio es 
más fecundo que el amor. 

La vida es grave : no hay acción 
que no produzca consecuencias, que 
se extienden tal vez mucho más allá 
del alcance de nuestra vista. Yo tem- 
blaría desde ahora, y querría borrar 
de vuestra memoria todo lo que he di- 
cho, si previera que la formación, que 
aconsejo, del partido socialista hubie- 
se de ser una desgracia para Cuba, 
para esa pobre Cuba, por cuya reden- 
ción estamos sacrificándolo todo : vi- 
da, riqueza, felicidad, reposo . . . Pe- 
ro no : yo miro en mi pueblo un fondo 
de bondad que realmente es grande, 
bondad que es hija armónica de nues- 
tra naturaleza dulce, de nuestro cielo 
luminoso, de nuestros campos festi- 
vos, de nuestro mar arrullador, y que 
se delata en nuestro semblante móvil, 
en nuestra sonrisa abierta, en nuestra 
mirada clara. Esa bondad cubana res- 
plandece ahora mismo en toda Cuba, 
donde a la infame guerra de bandi- 
dos que el español nos hace, respon- 
demos con la guerra caballeresca de 
los pueblos nobles. 

Pues bien, a un pueblo tan humano 
como el nuestro, no es locura aconse- 
jarle que formule la más peligrosa 
de las reclamaciones, aquélla que no 
puede hacerse sino con pupila encen- 
dida y voz airada, porque se exige 
nada menos que la cesación de injus- 
ticias seculares. 

Pero penetrémonos hondamente de 
15 



que, desde el instante en que confie- 
mos a la política — a nuestra política, 
por supuesto — la defensa de nuestra 
causa, deberemos sofocar el odio y 
contener la ira, que pudieran llevar- 
nos a la acción brutal. Porque la po- 
lítica — muy capaz en verdad de pro- 
porcionarnos triunfo definitivo y sa- 
tisfacción completa — es lucha de ideas 
nada más : lucha superior, la propia 
del único ser a quien la naturaleza ha 
dado, en lugar de potentes defensas 
corporales, fuerzas como la inteligen- 
cia, la razón, la voluntad; lucha es- 
piritual, en que se hiere argumentan- 
do y se mata convenciendo, y tan no- 
ble, que hace del vencido un nuevo 
compañero del vencedor, con quien 
comparte, si no el laurel, al menos el 
provecho que produjo la victoria. 
¿ Qué procedimiento más eficaz que el 
suyo? No tiende sino a conquistar 
amigos, muchos amigos, tantos, que 
al fin no quede quien se oponga a la 
anhelada encarnación del ideal. La 
política es obra de sabiduría y de 
paciencia. 

La prudencia es la virtud más útil 
en este género de contienda; pero la 
prudencia no excluye la energía, an- 
tes bien — si la acompaña — la dirige 
y fortalece. El partido obrero, ante 
la resistencia tenaz que ha de encon- 
trar, tendrá que mostrarse muy enér- 
gico, y sabrá hacerlo bien, por la na- 
tural viveza con que siente sus agra- 
vios. Su energía, sin embargo, no de- 
berá ser la de las hembras y los niños, 
que estalla en terribles raptos pasaje- 
16 



ros, sino la constante y serena de las 
almas varoniles. 

Constituyase, pues, mañana, en Cu- 
ba, el gran partido socialista; organí- 
cese sabia y fuertemente; inicie por 
medio del periódico, de la tribuna y 
de las continuas excursiones a los pue- 
blos y los campos, una propaganda in- 
tensa, infatigable; atraiga a su seno 
a todos los que en la hermosa Isla 
vivan en dependencia más o menos 
dura o vergonzosa del capital extra- 
ño : al obrero de todas las industrias, 
al campesino, al mísero artesano, al 
empleado inferior, al dependiente, a 
todo aquel que en el festín de la ri- 
queza cubana no tenga puesto su cu- 
bierto todavía; y aceptando de buena 
fe la lucha en el terreno estrictamen- 
te legal de los principios, formule su 
programa, acuda al sufragio univer- 
sal, lleve representantes a las cáma- 
ras, cuide tanto de sus intereses par- 
ticulares como de los intereses gene- 
rales de la nación, muéstrese capaz de 
gobernar — y aspire a gobernar ! 

Pero, al mismo tiempo que ejecute 
el partido toda esta obra exterior y 
pública, emprenda un vasto trabajo 
interior de educación moral e inte- 
lectual; corríjase, por reflexión, de 
algún defecto propio de la raza, co- 
mo la prodigalidad, tan funesto para 
su porvenir económico; emancípese 
de algún vicio, como el juego, que 
nos dio y alimentó la corruptora tute- 
la colonial, y adquiera abundante- 
mente la ilustración, que tan necesa- 
ria ha de ser en nuestra nueva vida 
17 



de hombres libres. Advierta que en 
la transformación que ha de operar- 
se en nuestra sociedad, deberemos pro- 
curar, para obtener en ésta un único 
nivel, no que caigan los de arriba, si- 
no que suban los «de abajo. La vida 
no tiene su entero precio sino cuan- 
do podemos gozarla con todas nues- 
tras capacidades y potencias. No nos 
reduzcamos nosotros mismos, ni re- 
duzcamos nuestros horizontes. Y si la 
sorda e incesante labor de los pue- 
blos, que llamamos civilización, rema- 
ta en marivillosa florescencia, de na- 
turaleza rara y exquisita, afinemos 
por medio de la cultura los sentidos, 
para poder percibir sus delicados 
efluvios, que producen embriaguez no- 
vísima y deleites inefables. 

Tengamos — pues podemos tenerla 
— una originalidad . . . Nuestra raza 
es fina, inteligente, alegre ; somos so- 
ciables, hospitalarios, generosos; la 
poesía nos deleita, la música nos cau- 
tiva, la danza nos enloquece, y la na- 
turaleza con sus aspectos distintos 
nos toca distintamente el corazón; el 
amor nos acompaña en todas las eda- 
des, la galantería nos es tan ingénita 
como la caballerosidad . . . ¿ Quién ha 
de ver en nosotros al hosco demago- 
go de las decrépitas sociedades euro- 
peas, producto de miserias seculares, 
repleto del odio de veinte generacio- 
nes de oprimidos, pronto a lanzar su 
mortífera bomba en el primer corro 
de semejantes que encuentre al paso? 
No : el socialista cubano no espantará, 
no deberá espantar a nadie; el bur- 



gues se sentirá dispuesto a tratarlo 
cordial o cortésmente, y acaso, acaso 
el trato mutuo facilite la victoria fi- 
nal de la justicia. 

He aquí trazado, amigos míos, con 
mano rapidísima aunque inhábil, el 
bosquejo de mi ideal en este asunto. 
Creo que, a pesar de sus deficiencias, 
deja visible un plan que someto a 
vuestra consideración. Ese plan es 
expresión sincera de mis ideas y mis 
sentimientos. Yo también soy un des- 
heredado ; yo también, por mis dispo- 
siciones literarias sin empleo en nues- 
tra sociedad, he devorado más de una 
vez, en silencio, el pan de la miseria, 
ablandado con mis lágrimas. Pero he 
viajado, y he visto tantos sufrimien- 
tos más desgarradores que los míos, 
he tocado tantas llegas más horribles 
y dolorosas que las nuestras, que en 
el fondo de mi ser, de mi amar- 
gado ser, ha podido levantarse 
el sentimiento de la comiseración 
y la piedad. Y he amado a los 
pobres, a los humildes, a los oprimi- 
dos, y he soñado, para ellos, con re- 
paraciones y encumbramientos prodi- 
giosos. . . . Hoy me hallo entre los 
míos, en el seno de los más desgra- 
ciados de los míos, y es natural que 
les diga : En mí tenéis un nuevo her- 
mano ... Sí : contad conmigo, por po- 
co que yo valga. El momento es opor- 
tuno para que preparéis la presenta- 
ción de vuestras grandes reclamacio- 
nes. El pueblo cubano está levantado 
en masa contra una tiranía que con 
razón juzga extranjera, y la tiene ya 
19 



vencida, aunque a costa de sacrificios 
que parecerán inauditos a la poste- 
ridad. Pero no se concibe que tales sa- 
crificios se hagan por librar a Cuba 
de la injusticia española, si ha de se- 
guir imperando en ella la injusticia 
cubana; si una parte del pueblo — la 
más considerable — -ha de continuar 
allí en un estado de inferioridad so- 
cial, equivalente a la antigua servi- 
dumbre. ¡ No ! Si el amor a la libertad 
ha unido a los cubanos de todas las 
clases y los ha impelido a derramar 
juntos su sangre en los campos de ba- 
talla y sus lágrimas en los calabozos 
y el destierro, es preciso intentar que 
el amor a la justicia también los una 
para derribar de buen grado las ba- 
rreras sociales que el espíritu . explo- 
tador alzó entre ellos . . . 

Por desgracia, ios intereses bastar- 
dos se opondrán a la reparación y la 
concordia, y habrá que combatir, 
habrá que conquistar lenta y pe- 
nosamente, por ascensión gradual, 
ese nivel superior en que hoy se 
encuentran colocados los menos, y en 
que todos deberíamos hallarnos, para 
disfrutar, por igual, de toda la con- 
sideración y de todo el precio que 
merezcan nuestros trabajos, que son 
servicios a la comunidad. Precisamen- 
te en previsión de esa lucha y porque 
nada pudiera sernos tan perjudicial 
como no entrar en ella desde el pri- 
mer instante, cuando empiece a reha- 
cerse la nueva sociedad cubana, os he 
dicho y os repito que conviene pre- 
pararnos, para que, desde ese primer 

20 



minuto mismo, al ponerse manos a la 
obra, se nos vea aparecer organizados 
y — quiérase o no — se cuente con nos- 
otros. 

Pronto — según parece — podremos 
ir a tomar posesión de nuestra patria. 
¡ Ojalá que esa Cuba, que ha asom- 
brado al mundo por su heroísmo, lo 
asombre también después por su equi- 
dad ! ¡ Ojalá que, apenas entrada en 
el concierto de los pueblos libres, se 
ponga — así pequeña como es — a la ca- 
beza de todos, por haberse adelanta- 
do al porvenir, inaugurando, bajo su 
puro cielo, el reinado todavía ideal de 
la justicia ! ¡ Qué gloria para su nom- 
bre, como Nación! ¡Y qué ventura 
para ella, como madre, poder repar- 
tir, al fin, eníre sus hijos todos, y 
con largueza igual, los dones inagota- 
bles de su riqueza portentosa ! Mere- 
cería algo que vale más que el aplau- 
so — ¡ las bendiciones de la humanidad \ 

He dicho. 



21 



LA SOCIEDAD CUBANA 

(Conferencia dada en San Carlos, Cayo 
Hueso, el 10 de Octubre de 1897). 

En mi primera conferencia traté, 
queridos compatriotas, de que nos 
diésemos alguna cuenta de lo que va 
a pasar en Cuba, al siguiente día de 
la ya próxima evacuación de la Isla 
por los españoles. Entrevimos el ar- 
duo problema de la reconstrucción; 
bosquejamos, por inferencia racio- 
nal, la fisonomía de los dos partidos 
políticos que surgirán desde el primer 
momento, y establecimos, de una ma- 
nera que se nos antoja irrefragable, 
la necesidad imperiosa y urgente de 
que las clases trabajadoras cubanas 
se constituyan también en partido de 
combate, con carácter resueltamente 
socialista. 

Como quiero dar a estas conferen- 
cias, a defecto de méritos que no han 
de recibir de mí, siquiera las modes- 
tas cualidades de claridad y de ila- 
ción, paréceme que, después de haber 
probado que es menester entrar en lu- 
cha, lo que más nos importa es cono- 
cer el terreno en que esa lucha ha de 
librarse y el enemigo con quien ho- 
rnos de chocar. El estudio, pues, de 
22 



la sociedad cubana se impone, ya que 
en su seno y contra una buena parte 
de ella se habrá de combatir. 

Ese estudio nos es de todo punto 
indispensable, pues os confieso que 
nunca he visto sociedad más descono- 
cida de sus propios miembros que la 
nuestra, de modo que, si entráramos 
en la lucha sin otro conocimiento acer- 
ca de nuestras clases que el que reve- 
lan las afirmaciones gratuitas y las 
prevenciones recelosas que de muchos 
labios a diario se desprenden, perde- 
ríamos la pólvora dirigiendo tiros a 
fantasmas, cuando el verdadero ene- 
migo es otro y hay que buscarlo en 
distinta dirección. 

.Emprendamos el análisis fríamen- 
te, y si de él resulta que debemos ha- 
cer grandes rectificaciones, hagámos- 
las sin tardanza y, por entero. Bien 
sé que cuesta abandonar ideas — aun- 
que sean prejuicios — que han pene- 
trado en nosotros hasta el extremo 
de constituir nuestra habitual mane- 
ra de sentir y de pensar; pero no se- 
ríamos un pueblo serio ni estaríamos 
a la altura de la misión que vamos a 
darnos de reformar la sociedad en 
que vivimos, si nos resistiésemos al 
mezquino sacrificio de despojarnos 
de simples preocupaciones, después de 
reconocidas como tales. Los pueblos 
nerviosos, que como el maniaco han 
menester una tema para vivir, vivan 
enhorabuena con su tema ; pero no se 
metan a reformadores. El reformador 
ha de empezar por la reforma de sí 
mismo. 

23 



En el fonde y bien mirada, la socie- 
dad cnbana es casi informe: di j érase 
que está en embrión. Nada de esa for- 
midable organización de las viejas so- 
ciedades europeas y asiáticas, que 
consiste en diversas capas sólidas — 
las castas — que van superponiéndose 
como en nueva jerarquía, sin confun- 
dirse, sin cruzarse siquiera, pesando 
la superior sobre las inferiores y 
aplastando todas juntas, por supues- 
to, a la última de abajo. ¡Ponderoso 
edificio construido sobre las espaldas 
del miserable pueblo ! Nuestra socie- 
dad no ha llegado a ser eso, por for- 
tuna. No puede verse en ella, hoy por 
hoy, sino un simple conjunto de* ele- 
mentos, no cristalizados todavía; ele- 
mentos que no son contrarios, ni si- 
quiera muy disímiles y que, sin fi- 
jeza aún, muévense como llevados de 
un mismo blando impulso en idéntico 
sentido, mezclándose por sus bordes 
hasta el punto de que fuera difícil 
trazar entre ellos líneas muy visibles 
de separación. Con tales elementos y 
en tal estado ¿ sería locura nuestra as- 
pirar a obtener la homogeneidad per- 
fecta de la masa y a establecer un or- 
ganismo basado en la igualdad? — No 
lo creemos. Para explicarnos el dicho- 
so fenómeno de nuestra vaguedad 
social presente, consideremos nues- 
tro origen, que data de ayer y es 
totalmente plebeyo, y pensemos ade- 
más que nuestra sociedad entera, 
desde su formación, ha vivido 
siempre bajo la presión del despo- 
tismo de España, que la ha mal- 
24 



tratado por igual en todos sus com- 
ponentes, razón por la cual ninguno 
de éstos ha podido desarrollarse ni sa- 
lirse mucho del nivel común, ni abri- 
gar por tanto más ambición que la 
general de sacudir el yugo agobia- 
dor. De suerte que esa opresión es- 
pañola nos ha hecho — ¡ quién lo cre- 
yera ! — un beneficio, pues le dio a la 
total familia cubana un alma sola, 
despertando, por el carácter común 
de los agravios inferidos, la comuni- 
dad de sentimientos y de ideas. Una 
sola de las partes de nuestra sociedad, 
la más distinta, la más desgraciada, 
la raza de color, estuvo, por su con- 
dición de raza esclavizada, en un es- 
tado de decidida y enorme inferiori- 
dad con respecto a las demás. Pero 
al siguiente día de su emancipación 
— y aun antes de ella, para ser más 
juntos — se vio a la raza entrar por sí 
misma y con perfecta naturalidad en 
la gran corriente del espíritu cubano. 
Y es que la raza de color es ya cuba- 
na, por las mismas razones que para 
serlo pueda presentar la raza blanca. 
Oriundo de África, el individuo de 
color ha sufrido en Cuba las mismas 
modificaciones que el individuo blan- 
co, oriundo de España — que ha sido 
África también. Procedentes uno y 
otro de pueblos bárbaros y semi-bár- 
baros, incultos y feroces, han ido per- 
diendo, en el dulcísimo ambiente cu- 
bano, la aspereza primitiva, se han afi- 
nado, se han humanizado, y ya el 
criollo de color dista tanto de su sal- 
vaje abuelo el africano, como dista el 
25 



criollo blanco de su inhumano abuelo 
el español. 

Hay, pues, en el fondo de nuestra 
sociedad — y a despecho de diferencias 
superficiales que otro día estudiare- 
mos — un gran espíritu común, creado 
en la desgracia; espíritu que los cu- 
banos todos hemos alimentado ince- 
sante y cariñosamente : el moralista, 
con su llamamiento a la dormida dig- 
nidad; el naturalista, con la investi- 
gación de nuestras aptitudes y recur- 
sos propios ; el historiador, con la des- 
nuda narración del horror de la con- 
quista y del gobierno colonial; el 
poeta, con sus cantos quejumbro- 
sos o inflamados ; el profesor, con 
los clásicos ejemplos de la viri- 
lidad antigua, y hasta el guajiro, 
con sus décimas, que son la exalta- 
ción de Cuba y que, al vibrar en el 
silencio de la noche, parecen la erra- 
bunda voz del indio desaparecido ; — 
espíritu poderoso, que al fin nos ha 
traído, en movimiento unánime, a la 
acción y al sacrificio. 

Y yo os pregunto ahora, queridos 
compatriotas: dadas las reinvindica- 
ciones que debemos intentar ¿no es 
gran ventaja poder producirlas en 
el seno de una sociedad como la nues- 
tra, no construida en forma de jerar- 
quía, sin castas hostiles ni recelosas, 
que teman caer derrumbadas al me- 
nor sacudimiento que se desate abajo? 
¿No es ya motivo de esperanzas jus- 
tas saber que lucharemos, no contra 
toda una sociedad ni contra alguna 
clase entera de ella, sino contra sim- 
26 



pies grupos de individuos de diversas 
procedencias, hasta de procedencia 
obrera, que se han enriquecido por la 
explotación del trabajador humilde y 
que no se resignarán a dejar de explo- 
tarlo en adelante? 

¡ Qué no daría el obrero europeo 
por hallarse en nuestras condiciones ! 
Allí si es verdad que el porvenir aso- 
ma como negro nublado tempestuoso, 
y que, a pesar de la cordura que no 
cesa de predicársele a las masas, aca- 
so tenga que apelarse en más de un 
país a la revolución sangrienta. 

¡ Oh, qué sociedades aquéllas ! ¡ qué 
formidable petrificación del pasado, 
oculta bajo el tenue y brillante velo 
de la civilización moderna ! ¡ Cómo, 
por encima del maravilloso conjunto 
de las monumentales creaciones del 
progreso, se yerguen, dominantes to- 
davía, el palacio sombrío y la sinies- 
tra catedral ! 

Nada puede alentarnos tanto como 
la comparación de los esfuerzos que 
habrán de hacer, para redimirse, el 
obrero cubano y el obrero europeo. 
Intentémosla. Y para que no se diga 
que alejamos de propósito los térmi- 
nos de dicha comparación, escojamos, 
entre las sociedades de Europa, aqué- 
lla de más revolucionario espíritu y 
que se encuentra en la condición fa- 
vorable de tener por forma de gobier- 
no la república : tomemos la sociedad 
francesa. 

Y procedamos al análisis. Según ve- 
remos, es la francesa una república 
especial, que acaso provoque sonrisas 
27 



desdeñosas, acaso merezca al fin nues- 
tro respeto. Ved el medio ingrato, la 
sociedad en cuyo seno está luchando 
por vivir. Arriba y en primera línea, 
figura la gran nobleza antigua, la que 
ha venido creándose desde San Luis 
hasta Luis XVI, clase bastante rica 
todavía, pero ya sin poder efectivo en 
la Nación, muy unida en su retrai- 
miento y más soberbia y despreciati- 
va que nunca. Es en su mayor parte 
católica, toda entera monárquica y si- 
gue, como siempre, llamando al pue- 
blo: la canalla. Al lado de esta no- 
bleza del antiguo régimen, y sin mez- 
clarse mucho con ella está la flaman- 
te nobleza napoleónica, creada para 
su uso por el gran guerrero, cuando 
al siguiente día de verse emperador, 
notó que no tenía corte, pues toda la 
nobleza de Francia estaba en el ex- 
tranjero con sus destronados prínci- 
pes. Entonces Napoleón, que no se pa- 
raba en pequeneces, echó mano de sus 
soldados y, en un santiamén, se fa- 
hricó toda una escala de barones, con- 
des, marqueses, duques y príncipes, 
dándoles nombres sonoros y sonantes 
rentas. Esta nobleza subsiste, es casi 
toda imperialista y presume de libe- 
ral; no llama al pueblo "canalla", 
pero se sospecha que piensa que lo es. 
Entre estas dos noblezas, en la mis- 
ma línea, allá arriba, apoyándose en 
ellas y apoyándolas, está el alto clero, 
gran poder, rencoroso, agresivo, im- 
placable, que sabe Dios a dónde ha- 
bría llegado en su odio a la repúbli- 
ca, si el mismo Papa, temeroso de las 

28 



represalias, no lo hubiera severamen- 
te refrenado. Este poder no insulta 
al pueblo, pero tampoco lo ama: se 
ciñe a predicarle, desde lejos, la man- 
sedumbre y la eterna sumisión al tro- 
no y al altar. Debajo de esta capa su- 
perior, se extiende la maciza y potente 
clase media, la intratable burguesía, 
enemigo el más inmediato y feroz de la 
masa proletaria. Divídese en dos par- 
tes... — ¡ oh ! en Europa se hila muy del- 
gado : allí todo es división y subdivi- 
sión, y las líneas deslindantes tienen la 
inflexibilidad de la etiqueta. — La parte 
más pequeña y escogida llámase "al- 
ta burguesía ' ' y comprende a los fuer- 
tes mane j adores de oro — banqueros, 
grandes industriales, grandes propie- 
tarios, — tiene influencia real en la po- 
lítica, entra en casi todos los salones 
y muestra su amor al pueblo en obras 
de caridad, que ejecuta al son de cam- 
panillas. La otra parte, la mayor, la 
simple burguesía, abarca la inconta- 
ble muchedumbre de industriales me- 
nores, de comerciantes, de hacenda- 
dos, de propietarios y, además, a to- 
dos los que ejercen profesiones libe- 
rales : abogados, médicos, ingenieros, 
etc. Es en considerable mayoría, 
egoísta, dura, recelosa; no quiere al 
pueblo, de donde ha salido, y explo- 
ta sin piedad al trabajador, en su 
afán de hacer caudal con pocos me- 
dios. Debajo de esta burguesía, que es 
hija de la gran revolución francesa 
y es la porción de la sociedad que 
más se aprovecha de las conquistas 
que aquélla realizó, lo que no impide 
29 



que sea también la que más la desco- 
noce, está la clase popular, están las 
tristes masas, que trabajan hoy como 
en los siglos anteriores, de sol a sol, 
cual si no hubiera habido un 93 ; que 
moran en tugurios, visten de lo más 
burdo, comen de lo más barato, y que, 
al levantar la cabeza, cuando la le- 
vantan, para enjugar el sudor o sacu- 
dir las preocupaciones, ven, como en 
un sueño, allá, en las alturas afortu- 
nadas, coches lujosísimos que pasan, 
palacios que resplandecen, y perci- 
ben un rumor extraño, desconocido, 
en que parece haber acordes de mú- 
sicas que se disipan, retintín de cris- 
talería que choca, crujidos de sedas 
que se estrujan y chasquidos de besos 
que se entrecortan ... Y vuelven a 
bajar la frente, ya más sombría, sobre 
la tarea esclavizadora o bajo el peso 
de malos pensamientos. . . Esta clase 
popular, como todo en Francia, tam- 
bién se subdivide : hay la clase pro- 
piamente obrera, la más considerada, 
que trabaja en empresas al aire li- 
bre y en talleres y hasta debajo de 
la tierra; viene después la domesti- 
cidad, que comprende a los que pres- 
tan servicios directamente personales : 
cocheros, jardineros, porteros, cria- 
dos de casas particulares' y de esta- 
blecimientos públicos, mozos de fon- 
das y de cafés, etc. Y por último es- 
tá lo que se llama populacho, com- 
puesto de los vagabundos, de los bo- 
rrachos sempiternos, de los gitanos, 
de los pordioseros, de todos los que 
se han sustraído a la ley del trabajo 

30 



y viven a la buena de Dios, como 
los pájaros. Esta última clase lleva 
siempre la policía pegada a los ta- 
lones. 

En la sociedad francesa, así cons- 
tituida, está realizando la república 
una vasta obra de democratización; 
pero no sabría yo pintaros las dificul- 
tades con que tropieza, hijas en su 
mayor parte del carácter nacional, 
amigo de distinciones y vanidoso has- 
ta la puerilidad. No hay francés, por 
ejemplo, que no sueñe con llevar al- 
gún día en el ojal de la levita, y 
aun de la blusa, el cinta jo de la Le- 
gión de Honor, y se vuelve loco por 
vestir un uniforme, sea de académico 
o de cochero. ¡ Pobre república ! su 
simple existencia ha sido, más de una 
vez, problema que ha habido que re- 
solver a fuerza de concesiones o de 
actos dolorosos de energía. Las reac- 
ciones están en acecho, y hay que vi- 
vir ojo avizor, como en un campa- 
mento abierto a las sorpresas. Cuando 
en 1870 fundóse la república, creyó el 
pueblo liberal francés que los funda- 
dores le darían un espíritu . radical, 
capaz de revolver hondamente aque- 
lla sociedad, estancada en la tradi- 
ción y la rutina, y se esperó que así 
fuera con tanta más razón cuanto que 
el principal de sus autores, Gambetta, 
era por excelencia radical. Pero Gam- 
betta, gran político a la vez que gran 
patriota, comprendió que la primera 
condición para el establecimiento de 
la república era no asustar a las cla- 
ses conservadoras, omnipotentes en 
31 



Francia, atrayéndolas por la modera- 
ción. Comenzó, pues, aquella política 
que se ha llamado oportunismo, que 
intentó imitar luego en España Cas- 
telar; pero como entre España y 
Francia media la distancia misma 
que mediaba entre Castelar y Gam- 
betta, es decir, la de mono a nombre, 
el posibilismo del primero murió aho- 
gado, en España, entre las faldas de 
la monarquía, mientras el oportunis- 
mo del segundo ha salvado en Fran- 
cia la república. Gambetta rehusó el 
poder, e hizo que se eligiese para la 
presidencia a Thiers, antiguo monár- 
quico, pero sinceramente liberal, gran 
patriota además, a quien se debía la 
evacuación anticipada del territorio 
ocupado por Alemania, como garan- 
tía del pago de la indemnización, y 
que era por añadidura uno de los ta- 
lentos más preclaros de la época. Ter- 
minado el período de Thiers y firme 
en su propósito de no alarmar y de 
contemporizar, hizo Gambetta que su- 
biese a la presidencia Mac - Mahón, 
monárquico también, militar, reaccio- 
nario y de ordinaria inteligencia, pe- 
ro hombre de gran prestigio en aque- 
llos días, por ,su noble conducta en la 
pasada guerra. El eminente político 
republicano sabía esperar, y así, espe- 
rando, lo sorprendió la muerte, una 
muerte trágica, misteriosa y honda- 
mente lamentable. Pero sus sacrificios 
fueron fecundos, pues la medrosa bur- 
guesía, nervio de la nación, fué acep- 
tando poco a poco el nuevo régimen, 
f es al fin republicana, aunque a su 
32 



manera. Donde ningún efecto pro- 
dujeron los sacrificios de Gambetta, 
fué en las altas regiones del clero y 
de la nobleza. En vano, para apaci- 
guar a clérigos y nobles, se despojó 
a la República de muchos de sus be- 
llos atributos, en vano imprimiósele 
ese carácter tímido y complaciente, 
que tantas veces ha indignado a los 
republicanos verdaderos. Es más — y 
esto es gravísimo, porque entra ya en 
el terreno de los sentimientos supe- 
riores, porque se trata ya de patrio- 
tismo — en vano, digo, esa tímida re- 
pública, que supo sin embargo ser 
una gran administradora, salvó a 
Francia de la ocupación extranjera, 
anticipándose a pagar la enorme in- 
demnización que le impuso el enemi- 
go ; en vano restañó en seguida,, y con 
habilidad sin par, las horrendas heri- 
das de la pasada guerra, en vano re- 
hizo el ejército en tal número y con 
organización tan formidable, que el 
alemán ha quedado pensativo y rece- 
loso ; en vano ha explotado tan. sabia- 
mente los recursos de su privilegiado 
suelo, que ha convertido a Francia en 
una de las más ricas y florecientes 
naciones del mundo; en vano ha re- 
hecho también y ha ennoblecido. aque- 
lla sociedad que corrompió el segundo 
Imperio, y de aquel desastre de 1870, 
en que pareció que quedaba hundi- 
da para siempre la nacionalidad, ha 
sacado ese pueblo sobrio y laborioso, 
robusto y hábil, que asombró al ex- 
tranjero en las Exposiciones de 1878 
y 1889 con las incomparables mues- 

33 



tras de su capacidad universal y de 
su gusto único : pueblo regenerado y 
fuerte, que sabrá reconquistar en su 
día la Alsacia y la Lorena . . . Todo 
en vano: nobleza y clero permanecen, 
retraídos y coléricos, en el fondo de 
sus palacios cerrados, ajenos a la vi- 
da nacional, sin participar de sus es- 
peranzas e inquietudes, de sus penas 
y alegrías, ni de sus mismas glorias, 
soñando en restauraciones imposibles, 
ciegos y sordos a las señales de los 
tiempos, que marcan el advenimiento 
incontrastable de la democracia. ¡ Qué 
irritante soberbia y qué rencor vi- 
llano ! Un día el insolente Cassagnac 
bautizó en su periódico a la Repúbli- 
ca con el .nombre de "la gueuse", es 
decir, la pordiosera, la bribona. Sonó 
un aplauso en los palacios de los no- 
bles y en las viviendas de los curas: 
ya tenían vocablo con que nombrar 
a la execrada. Y de la boca del pre- 
lado, hecha para perdonar y bendecir ; 
de los labios de la marquesa, forma- 
dos para murmurar palabras finas, 
salía silbando como saeta el grosero 
apostrofe: ¡bribona! Nada es capaz 
de humanizar a. esos hijos de la va- 
nidad y del orgullo; seguirán mos- 
trándose incorregibles hasta el día, 
inevitable acaso y no lejano, en que la 
bribona no sepa sufrir más y con su 
plebeya mano los aplaste. 

Me he detenido bastante, amigos 
míos, en el bosquejo del cuadro de la 
sociedad francesa, porque creo que, 
de su comparación con la nuestra, haii 
de nacer, como he dicho, para noso- 
34 



tros, halagüeñas esperanzas. De tal 
comparación resalta como verdad in- 
discutible, si no me engaño, que así 
en lo social como en lo político, el 
obrero cubano se encuentra, para for- 
mular y sostener sus reclamaciones es- 
peciales, en una posición que el fran- 
cés envidiaría. ¿Dónde están, entre 
nosotros, esas clases que se dividen y 
subdividen por secciones secas, ence- 
rradas en el cerco de sus preocupa- 
ciones particulares como en inexpug- 
nable fortaleza, con ideales distintos 
y distintos sentimientos, con intere- 
ses contrarios; clases que viven re- 
celando unas de otras y pueden tener 
choques sangrientos, como los han te- 
nido en el pasado? ¿Podría yo inten- 
tar, para definir mi propia sociedad, 
una clasificación semejante a la que 
yo — extranjero en Francia — he podi- 
do hacer, como habéis visto, para defi- 
nir la sociedad francesa; clasificación 
tan rigurosa que — a excepción del 
ejército, que allí es hoy institución 
aparte — no ha quedado un solo indi- 
viduo fuera de ella? ¿Dónde, en Cu- 
ba, concluye el pueblo y principia la 
clase media? ¿Dónde termina ésta y 
comienza la superior ? ¿ Tenemos no- 
bleza de verdad, o simplemente tres 
docenas de marqueses y condes de 
opereta? ¿Qué alto ni bajo clero se 
liga en Cuba a esos señores nobles, 
para contrarrestar la invasión de las 
ideas liberales ? ¿ Quiénes componen 
nuestra grande y nuestra pequeña 
burguesía? ¿Somos, en fin, otra cosa 
sino pueblo, y pueblo, y pueblo, de 
35 



plebeyísimo origen y plebeyísimas cos- 
tumbres, con unas cuantas familias 
ricas, más o menos cultas y educadas ? 
Pero todavía hay algo de más pre- 
cio para nosotros que esa feliz uni- 
formidad exterior de la sociedad cu- 
bana, y es la independencia absoluta 
de que goza nuestro espíritu, libre de 
ese cúmulo de preocupaciones que .el 
pasado engendró en otras partes y 
que la tradición consagra y perpetúa. 
Es inconsmensurable el .poder despó- 
tico que ejerce el tradicionalismo en 
las viejas sociedades europeas, cayen- 
do como un yugo más sobre los pobres 
cuellos, que tantas tiranías mantienen 
doblegados. Como si la vida no fuese 
de suyo harto difícil, entorpécenla 
más, allí, incontables hábitos y prác- 
ticas, sin otra razón de ser que por- 
que vienen del pasado, pequeneces 
que la rutina impone y contra las cua- 
les ¡ ay del espíritu que ose protestar ! 
Voy a referiros un hecho que presen- 
cié en París, capital intelectual del 
mundo, y que a nosotros, cubanos 
atrasados, va a parecemos increíble. 
Es allí tradicional que los hombres 
comprendidos en la domesticidad— 
cocheros, criados, mozos de fonda y 
de café etc. — no lleven bigote. No hay 
ley escrita para eso, ni por tanto san- 
ción penal que amenace al contraven- 
tor, y sin embargo, desde los tiempos 
del rey que rabió no ha habido, de 
generación en generación, sirviente 
francés que haya osado dejarse crecer 
esos pelos de la cara. Ha sido preciso 
llegar a estos días de anarquismo y 
36 



de explosiones dinamiteras, para que 
en el recalentado cerebro de quince 
o veinte mozos de café surgiera la va- 
ronil resolución de no atentar más 
contra ese adorno varonil. Convoca- 
ron a todos los del gremio para tomar 
el acuerdo temerario ; mas ¡ ay ! no 
hubo otro acuerdo que el de seguir 
acatando la veneranda tradición. Los 
quince o veinte valientes determina- 
ron entonces obrar por cuenta per- 
sonal, la cosa hízose pública y hasta 
una parte de la prensa los alentó en 
su designio enérgico, tan propio de 
una sociedad republicana. Dejáronse, 
pues, los mozos el bigote y se fueron 
a sus puestos de servicio, en sus res- 
pectivos establecimientos. Pero el pú- 
blico — ese público compuesto de todo 
el mundo, del rico y del pobre, del no- 
ble y del plebeyo, del ilustrado y del 
ignorante — sintió como que lo afren- 
taban, como que le faltaban al respe- 
to, se irritó, y escandalizado de que 
se atrevieran a servirlo hombres que 
no se habían afeitado previamente, 
abandonó y dejó desiertos los cafés. 
Los dueños de esos establecimientos, 
como es natural, se alarmaron, y diri- 
giéndose a sus mozos, los pusieron en 
la forzosa de afeitarse o de marchar- 
se. ¿Qué podían hacer los infelices 
sirvientes, ante la perspectiva del 
hambre? Miráronse tristemente, fué- 
ronse a sus habitaciones, sacaron las 
navajas, que no habían tenido tiempo 
de oxidarse, y. . . reaparecieron en los 
salones del café con la cara fresque- 
cita, sin pelos y con polvos. ¡La tra- 
37 



dición quedaba en pie, la sociedad se 
había salvado! 

Digan nuestros obreros si en Cuba 
son, no ya posibles, pero ni concebi- 
bles, hechos semejantes. Por fortuna 
no: si nuestra organización social ca- 
rece de tabiques y encajonamientos, 
nuestra mente no presenta esas cana- 
lizaciones artificiales, ahondadas por 
los siglos y en las cuales se arrastra 
aprisionado el pensamiento. No hay 
trabas caprichosas fuera ni dentro de 
nosotros. ¿ Qué condición mejor para 
realizar cosas enteramente razona- 
bles? 

Voy a terminar, queridos compa- 
triotas. De mi análisis, aunque some- 
ro y rapidísimo, se desprenden, a no 
engañarme mucho, conclusiones que 
son para regocijarnos. Podremos, ante 
todo, fundar, sin resistencia alguna, 
una república, francamente liberal, 
que no tenga, como la francesa, que 
desfigurarse y empequeñecerse para 
no asustar a nadie ni que deba com- 
prar cada día su derecho a la existen- 
cia con concesiones a veces irritantes. 
Podremos también, desde el primer 
minuto, establecer, de un modo ente- 
ramente natural, la igualdad, no sólo 
ante la ley, sino social, que es la 
única que despierta y mantiene la 
fraternidad entre los nombres. Y po- 
dremos luego, en nuestra calidad de 
trabajadores menesterosos de justi- 
cia, producir nuestras reclamaciones, 
en la seguridad de que no encontrarán 
resistencias de carácter tradicionalis- 
ta, ni que provengan del espíritu de 
38 



casta, ni de toda una organización 
secular, creada en virtud de injustos 
privilegios, sino pura y sencillamente 
las que opongan unos pocos intereses 
particulares que se verán amenazados, 
intereses no muy considerables, y me- 
nos respetables todavía. 

Cuanto a esa igualdad social, tan 
preciosa para el pueblo y base la más 
sólida de las buenas repúblicas, repi- 
to que ya existe virtualmente en nues- 
tra sociedad, en cuyo seno no hay más 
desigualdades que las ligeras que pro- 
ceden de diferencias de educación y 
de cultura. Irremediables y legítimas 
por naturales, estas diferencias exis- 
tirán siempre, sin originar separacio- 
nes ni alejamientos absolutos, puesto 
que cada ciudadano puede hacerlas 
desaparecer para sí mismo, con sólo 
educarse e ilustrarse. Pero es tan im- 
portante esta materia de la educación 
en nuestra sociedad, forzosamente de- 
mocrática, que su examen será el 
asunto de mi conferencia próxima. 

Separémonos hoy, mis buenos ami- 
gos, con sonrisas de satisfacción en 
el semblante. No hay más sinsabores 
ni peligros, para el cubano, que los 
del presente, inevitables en la hora de 
la lucha. Pero el porvenir^ que exigi- 
rá de todos una labor titánica, la fa- 
cilitará al mismo tiempo, no suscitan- 
do obstáculos de ninguna especie, 
pues será la nueva Cuba, como ya 
he dicho, campo perfectamente pre- 
parado, en que podremos sembrar 
granos de bendición, que nos produz- 
can cosechas de felicidad. 

39 He dicho. 



LA CAPACIDAD CUBANA 

(Conferencia dada en San Carlos, Cayo 
Hueso, el 24 de Octubre de 1897). 

No sé si voy logrando, queridos 
compatriotas, que estos ligeros estu- 
dios, que os presento cada domingo, 
toquen los aspectos principales de 
nuestra sociedad, de modo que poda- 
mos hacernos de ella una idea bas- 
tante aproximada. Mi deseo sería po- 
der trazaros un cuadro tal, que os 
fuese dable, sin más esfuerzo que le- 
vantar los ojos, ver, en sus proporcio- 
nes y con el relieve y colorido de la 
vida, animarse las masas y figuras, 
asomar los caracteres en los rostros 
y hasta desprenderse del conjunto 
ese sentido íntimo que esconde cada 
colectividad y es como su alma. Pero 
la habilidad me falta y, tengo que 
ceñirme a daros meros apuntes para 
que vosotros mismos alcéis en la ima- 
ginación el cuadro. Hoy examinare- 
mos nuestra capacidad intelectual y 
las condiciones de carácter que para 
el trabajo poseamos; y en previsión 
de que el juicio definitivo haya de 
ser favorable, me apresuro a manifes- 
40 



tar que también será sincero, porque 
no vengo aquí a halagar deliberada- 
mente el amor propio ni creo pueda 
servirse a la patria, en esta hora crí- 
tica, sino con la verdad escueta, dul- 
ce o amarga, indicando con franqueza 
igual la virtud que podemos utilizar 
y el vicio de que debemos corregir- 
nos. Pruebas pienso haberos dado — 
en mi anterior estudio, por ejemplo — 
de que sé sacar sin vacilación a luz 
nuestras flaquezas. Acoged, pues, sin 
prevención mis afirmaciones halagüe- 
ñas — cuando las haga — por ser de un 
hombre que, humilde y todo, no ha 
nacido para cortesano. 

Pero antes de entrar en materia, 
acaso convenga expresar que no olvido 
nuestro objeto capital : el socialismo. 
Presente ha estado en mi memoria al 
pronunciar cada una de las palabras 
que hasta ahora he tenido el gusto 
de dirigiros, y de seguro habéis ob- 
servado ya que todos mis estudios es- 
tán hechos desde el punto de vista 
exclusivamente obrero. Ya estamos 
haciendo socialismo, y haciéndolo co- 
mo debe hacerse, con riguroso método 
científico, comenzando por el análisis 
de nuestro estado social presente, 
averiguando cuáles son nuestras fuer- 
zas y recursos para la lucha e inqui- 
riendo las condiciones de vida que nos 
harán los trascendentales aconteci- 
mientos que en nuestra tierra se están 
desarrollando. Nuestra situación, ade- 
más — y esto hay que preverlo tam- 
bién — se complica de modo grave, des- 
de el momento en que a las preocupa- 
41 



ciones del obrero por ¿u porvenir par- 
ticular se juntan las preocupacianes 
del cubano por el povenir de Cuba. 
El problema social y el problema po- 
lítico se encuentran en la misma ru- 
ta, y hay que hacerlos andar de fren- 
te, sin que recíprocamente se entor- 
pezcan. Porque el socialista cubano 
debe ser patriota y mostrarse, en lo 
político, resueltamente liberal, a dife- 
rencia del socialista europeo que, por 
ser tan dura la tiranía del patronato 
a que está sujeto, suele mirar toda 
otra tiranía como cosa secundaria. 
Continuemos así nuestros estudios 
preparatorios, para abordar luego con 
más tino la cuestión principal y pro- 
ceder con mayores luces a la organi- 
zación—en su día — del partido socia- 
lista y a la redacción de su programa 
de combate. Y entremos en el asun- 
to de la conferencia de hoy : la capaci- 
dad cubana. 

Bien pudiera aducir, como demos- 
tración sintética y concluyente de 
nuestra capacidad, el grado de cul- 
tura que alcanzamos y nos coloca en- 
tre los pueblos más avanzados de la 
América latina, así como también el 
desarrollo del trabajo y de la indus- 
tria en nuestra hermosa Antilla, re- 
nombrada en todo tiempo por su pros- 
peridad — cultura y prosperidad de- 
bidas únicamente al esfuerzo tenaz de 
nuestro pueblo, pues la dominación 
española, lejos de alentarlas, las con- 
trarrestó, oponiéndose deliberadamen- 
te a la primera y agobiando la segun- 
da con exacciones insensatas. Espa- 
42 



ña nunca ha visto en sus colonias hi- 
jas que educar, sino factorías que ex- 
plotar hasta el agotamiento. En los 
abrumadores presupuestos de Cuba 
son realmente irrisorias las sumas des- 
tinadas al fomento de la instrucción y 
de las obras públicas; y la iniciativa 
individual ha tropezado siempre allí 
con algún obstáculo levantado por 
esos gobiernos suspicaces o torpemen- 
te codiciosos. Objeto de persecución 
fueron en toda época nuestros hom- 
bres superiores, y nuestra producción, 
nuestro comercio y nuestro bienestar 
económico han sufrido incesantemen- 
te los ataques arbitrarios e inmodera- 
dos del Fisco y las limitaciones que 
les ha impuesto el interés privilegia- 
do de la producción de la metrópoli. 
Dígase, pues, si con tratamiento se- 
mejante no delatan admirable capa- 
cidad la antigua riqueza y la cultura 
del cubano. . . Pero cumple mejor a 
mi propósito examinar de cerca, y 
una por una, nuestras condiciones in- 
telectuales y morales. 

Se ha dicho que el hijo de las 
islas es más despierto y vivo que el 
hijo de los continentes, y se intenta 
explicar el fenómeno por el hecho de 
estar las islas en medio del mar, al 
paso de las comunicaciones de los pue- 
blos, recibiendo por esa circunstancia 
ideas de todas partes, ideas diferen- 
tes que solicitan el espíritu y le dan 
al cabo mucha libertad, amplitud y 
armonía. Ello es que en América se 
encontraría una confirmación más del 
fenómeno observado, porque el pueblo 
43 



de Cuba es indiscutiblemente más vi- 
vo y despierto que los demás pueblos 
latino-americanos, no obstante la 
identidad de origen y de historia. La 
vivacidad y la soltura del cubano re- 
salta — he podido notarlo veces infini- 
tas — en cualquier círculo de hispano- 
americanos. El peruano se le acerca 
por la gracia, el argentino y el chile- 
no lo superan en aplomo, el colombia- 
no lo vence en cultura clásica y en 
ingenio y chiste literarios; pero éstos 
y los otros pueblos de la raza se le 
quedan muy atrás en la despreocupa- 
ción del espíritu, en el desenfado del 
carácter y en esa facultad de asimila- 
ción, que en el cubano es extraordi- 
naria. El cubano se aclimata en todas 
las latitudes, se adapta a todas las 
costumbres y se hace a todas las si- 
tuaciones, sin perder casi nunca — eso 
no — su agudeza y su alegría ingéni- 
tas. Un cubano, en nuestros días, ha 
estado ,en la región del polo; otro, en 
fronteras de México, hízose temible, 
combatiendo y cazando indios; hace 
poco, allá en el Perú, ha muerto en 
un combate Pacheco, que era general 
y un prohombre en la política del 
país; he conocido en Europa a dos, 
uno domador de fieras y otro agre- 
gado como músico a una familia de 
gitanos ambulantes; nuestro demago- 
go Tarrida se crea una personalidad 
entre los demoledores europeos, y los 
dos Heredia que residen en Francia 
se han identificado de tal modo con 
aquella nación, que el uno ha sido Mi- 
nistro de la República y el otro ha 
44 



podido ser recibido en la Academia. 
La despreocupación de espíritu del 
cubano, signo, para mí, de inteligen- 
cia, como veremos luego, es también 
una condición preciosa, que nos li- 
brará de una de las mayores desven- 
turas que pesan sobre los otros pue- 
blos de la América latina. Esa des- 
•preocupación se muestra, en efecto y 
sobre todo, en materia religiosa. No 
hay fanatismo religioso en nuestra 
Cuba, apenas si hay fe, y la Iglesia 
Católica, esa ambiciosa insaciable, esa 
dominadora terrible, no tiene por 
dónde agarrarnos para someternos a 
su yugo. No hay, pues, que temer que 
en lo futuro la Iglesia, apoyada por 
una clase culta, llena de soberbia y 
vanidad, y seguida de masas fanáti- 
cas perturbe, como en México un día, 
la paz a su antojo, y aspire, como allí 
aspiró, a imponerle al país, a la pa- 
tria, el oprobioso cetro de un príncipe 
extranjero. Ni que el cura sea quien 
en realidad dirija, desde el confeso- 
nario y muy callando, a la sociedad 
entera, como en las pequeñas repúbli- 
cas de la América Central. Ni que im- 
pere, no ya desde el confesonario, 
sino en el gobierno mismo, no ya a la 
sordina, sino descarada y escandalo- 
samente, como en la infeliz Colombia, 
donde hechuras de sacristía como el 
doctor Núñez, ayer, y hoy el señor 
Caro, su continuador, resucitaron y 
mantienen viva durante largos años 
— que no se sabe cuándo acabarán — 
la peor época de la dominación espa- 
ñola, al extremo de que los Colombia- 



nos liberales están huyendo de la re- 
pública que sus padres les hicieron. 
Ni hay que temer que entre nosotros 
se reproduzca el vergonzoso espec- 
táculo que hasta hace poco ha dado 
el Ecuador — y hay sospechas de que 
volverá a darlo — de la mansa y ciega 
sumisión de un pueblo en masa a la 
tiranía de la Iglesia, en grado tal que 
la nación era como un convento que 
se rige por toques de campana. Ni 
que haya que luchar en fin a cada 
rato, como en los demás países de 
Sur- América, con la Iglesia Católica, 
siempre que se intente dar un paso 
en la vía del progreso. 

Como veis, es una superioridad de- 
cidida y envidiable que tenemos so- 
bre nuestros hermanos del Continen- 
te, sujetos en gran parte todavía por 
la peor de las cadenas, por la que ata 
la conciencia, que es atar la misma 
voluntad : el esclavo antiguo podía 
conservar el pensamiento libre ; pero 
el verdadero católico es enteramente, 
en cuerpo y alma, una simple cosa de 
la Iglesia. Esta ventaja la debemos, 
como he dicho, a nuestra despreocu- 
pación, que es hija de nuestra inteli- 
gencia. La Iglesia no ha podido ha- 
cernos aceptar sus dogmas confusos 
e inútiles, sus milagros absurdos ni 
sus supersticiones pueriles. Nuestra 
razón los ha rechazado con un enco- 
gimiento de hombros y ha visto, pene- 
trando hasta el fondo de las sagradas 
intenciones, que si la Iglesia ofrece 
un cielo, es para asegurarle la con- 
quista de la tierra. 
46 



Pero prosigamos el examen de la 
inteligencia cubana y apreciémosla en 
otras manifestaciones. El hombre de 
campo suele ser en otros puntos la 
parte menos • inteligente de la socie- 
dad, como si su aislamiento entre lo 
inerte y su contacto con el bruto lo 
rebajasen mentalmente. Recordad a 
los campesinos españoles, que nos lle- 
gan a Cuba con el uniforme del sol- 
dado. ¡ Qué caras esas, tan toscas e 
inexpresivas ! Por rareza se encuen- 
tra en alguna de ellas un destello in- 
telectual. ¡ Qué diferencia entre ese 
obtuso palurdo y el guajiro cubano, 
esbelto, ágil, de facciones acentuadas 
y expresivas, casi tan finas como las 
del resto de la raza! Es ignorante, sí; 
pero esa desconfianza que lo caracte- 
riza en su trato con el hombre de la 
ciudad, prueba su natural inteligen- 
cia, que le permite conocer la superio- 
ridad del otro y le aconseja que se 
ponga en guardia. Entonces, cuando 
está en tratos con el ciudadano, em- 
pieza a emplear otra cualidad que le 
es también característica y es asimis- 
mo intelectual — la astucia. En el diá- 
logo que se entabla, el guajiro es, a 
juzgar por su aire de víctima, la par- 
te débil, que apenas acierta a contes- 
tar las preguntas que se le hacen sino 
con otras preguntas, o con especies 
que no vienen a cuento y que van 
exasperando al interlocutor, que al 
fin se aleja echando pestes de la im- 
becilidad de los guajiros. Y el gua- 
jiro se aleja también, pero sonrien- 
do. . . y sabiendo para qué lo quería 
47 



el ciudadano. Tienen nuestros cam- 
pesinos mucha sociabilidad entre 
ellos, júntanse con frecuencia para di- 
vertirse, y la conversación se anima, 
y el chiste salta, casi siempre de buen 
género, y el amor y la galantería 
cuentan allí con fervorosos practican- 
tes, como en el salón de la ciudad, no 
siendo rara, en los galanteos, la ca- 
balleresca consecuencia de un duelo 
al machete entre rivales, duelo lleva- 
do a cabo en toda regla. En tales reu- 
niones se canta siempre, y a las déci- 
mas conocidas siguen las improvisa- 
das, defectuosas por supuesto, a ve- 
ces un puro desatino; pero espontá- 
neas, abundantes, armoniosas y de 
tiempo en tiempo agudas. 

Si el campesino es de suyo inteli- 
gente, lo es más todavía el obrero en 
la ciudad. Su ignorancia es ya me- 
nor, ha recibido regularmente la ins- 
trucción elemental y aun alguno ha 
logrado extenderla con estudios par- 
ticulares y lecturas. Y como su 
roce social es también mayor, nues- 
tro obrero puede suplir en cier- 
to modo la falta de la educa- 
ción escolar completa con esa otra 
preciosa educación que va dando 
lentamente el trato de los hombres. 
El obrero es vivo, y cuando la clase 
de ocupación se lo permite, mientras 
las manos se mueven la lengua no es- 
tá quieta, y el taller se convierte en 
campo de batalla en que las bromas, 
cargadas a veces de dinamita, cruzan 
el aire como bombas que van a esta- 
48 



llar sobre determinadas mesas de tra- 
bajo. A las bromas suceden, o mejor 
dicho las bromas se mezclan a cada 
rato con discusiones sobre todos los 
asuntos imaginables, porque nuestro 
obrero nació discutidor ; y si en tales 
discusiones puede fácilmente abver- 
tirse la carencia de nociones exactas, 
nótase casi siempre buena suma de 
lógica y un ingenio que sorprende, 
terminándose todas, invariablemente, 
no por un disgusto, sino por una 
guasa general. El obrero nuestro po- 
see un tino especial para poner apo- 
dos y es maestro consumado en ese ar- 
te cubanísimo del choteo— páseseme 
la expresión — que consiste en echar a 
perder la cosa más seria a fuerza de 
burlitas muy finas, muy amables y 
soberanamente irrespetuosas. 

De todas estas cualidades de que 
vengo hablando, participan asimismo, 
naturalmente, nuestros cubanos de 
color. También se nota en ellos, como 
hijos de isla, mayor vivacidad ele in- 
teligencia y mayor soltura de carác- 
ter que en los hijos de la raza nacidos 
en el continente. Nuestro cubano de 
color es de todo punto apto para re- 
cibir cualquier cultura, y ahora, cuan- 
do todavía no ha podido educarse en 
la extensión con que lo hará mañana 
en la patria libre, ahora es ya razona- 
dor, verboso, y — cosa que me halaga 
profundamente, porque me demues- 
tra que ya él no se siente excluido de 
la humanidad — habla con sincero 
amor de los mismos grandes ideales 
que hoy a todos los hombres nos son- 
49 



ríen. No obstante su viveza, paréce- 
me observar en él cierto fondo de se- 
riedad un tanto melancólica, dejo aca- 
so de pasadas amarguras que tal vez 
explique su admirable disposición pa- 
ra la música, el solo arte que sabe 
darle voz a las indefinibles tristezas 
y a las aspiradoras inefables. 

La inteligencia natural cubana, de- 
sarrollada por la educación, da fru- 
tos que nos van a sorprender por su 
variedad. Pero empecemos por una 
rectificación. A primera vista se cree- 
ría que el sol del trópico no hubiera 
de producir por fuerza sino cerebros 
fogosos, en que la imaginación pre- 
dominase. Nada de esto. Hay mucha 
frialdad y mucho peso en el cerebro 
cubano, y si la imaginación es viva, 
palidece en comparación con la de los 
del Norte, por ejemplo el alemán. Pa- 
rece que, en la semi-obscuridad sep- 
tentrional, la creación fantástica o 
imagen — sueño de la vigilia — se pro- 
duce mejor y es más brillante y per- 
sistente que entre la intensa claridad 
meridional, en la cual se ahogan las 
tintas dulces y los contornos vagos. 
La imaginación cubana no ha creado 
nada todavía, y ni siquiera ha sabido 
poblar nuestros bosques de fantasmas 
ni de leyendas nuestra historia. La 
tentativa de Fornaris de resucitar la 
leyenda india fracasó, no tanto por- 
que el poeta era mediano cuanto por- 
que nuestro pueblo es incrédulo, pues 
tales resurrecciones han de ser, en el 
fondo, obra de la imaginación y del 
sentimiento popular. ¿ Cómo tener 
50 



leyendas, si hasta los cuentos con que 
maravillamos a nuestros niños nos han 
de venir de fuera? Nuestra poesía le- 
gítima es más bien sentimental y épi- 
ca, pues las mismas imágenes y me- 
táforas que con tal abundancia em- 
plean nuestros poetas y escritores mo- 
dernistas no son cubanas sino exóti- 
cas, tomadas letra por letra de libros 
extranjeros. Y respecto al arte ima- 
ginativo por excelencia, a la pintura, 
la nuestra, si acaso ha nacido, está 
en mantillas, y no sé por qué me fi- 
guro ¡ ojalá me equivoque ! que nunca 
hemos de tener un gran pintor. Viva 
es la imaginación cubana, sí; pero es 
estéril : arde con llamaradas fugaces, 
que sólo sirven para animar la con- 
versación y para hacer insoportable a 
nuestros oradores de segundo y tercer 
orden. 

En cambio nuestro espíritu de ob- 
servación está bien desarrollado, y a 
él somos deudores de un buen grupo 
de excelentes naturalistas, alguno de 
ellos eminente y bien apreciado fuera 
de la tierra propia, y de un crecido 
número de médicos de relevante mé- 
rito, que han surgido en todas las 
épocas. Muchos de ellos han conquis- 
tado notoriedad t en los Estados Uni- 
dos y en Europa, y ahora mismo bri- 
lla en una cátedra de la Facultad de 
Medicina de París el talentoso joven 
Albarrán. Ese poder de observación 
y de investigación nos ha dado igual- 
mente, en todo tiempo, buenos discí- 
pulos de filosofía, pudiendo enorgu- 
llecemos en la actualidad con el nom- 
51 



bre de Varona, que es a la vez magis- 
tral expositor y pensador original, ce- 
rebro sin disputa el más nutrido y de 
mayor penetración que hoy tiene Cu- 
ba. Bien está que lo llamemos "nues- 
tro sabio". Y al referido espíritu de 
investigación debemos, por último — 
¡ quién lo creyera ! — una lista intermi- 
nable de eruditos pacientes, laborio- 
sísimos, infatigables, a la alemana : 
prueba evidente de la amplitud de 
nuestra capacidad. Es ya respetable 
el caudal de apuntes y de datos que 
sobre historia y hasta pre-historia cu- 
bana, sobre economía política y esta- 
dística, sobre literatura y biografía, 
sobre nuestros hombres en fin y nues- 
tras cosas, han acopiado esos modes- 
tos y meritísimos obreros de la inte- 
ligencia — materiales que facilitarán 
mañana la composición de la historia 
de nuestra vida en todas sus mani- 
festaciones. A algunos de estos encar- 
nizados trabajadores débense las po- 
cas estadísticas regulares que en nues- 
tra isla se han llevado. Cierto que 
entre tales eruditos no faltan — y aun 
abundan — quienes no son sino simples 
rebuscadores, urracas furibundas que 
no dejan rincón sin registrar y que, 
así que allegan montones enormes de 
notas disparatadas y confusas, no sa- 
ben qué hacer de ellas y al fin las vier- 
ten a paletadas en artículos u opúscu- 
los de todo punto indigeribles. Pero 
en cambio otros, infinitamente más 
discretos, rebuscan y coleccionan con 
tino y método, y de sus hallazgos sa- 
can libros interesantes y provechosos, 



repletos de fresca información y sana 
crítica. Entre éstos descuellan Mer- 
chán y Sanguily. Y para que nada 
nos falte en este género de actividad 
mental, poseemos hasta autores dé 
voluminosos diccionarios de diversa 
índole. 

En el foro, la inteligencia cubana 
ha despedido fulgor especial, habien- 
do hallado allí digno empleo algunas 
de nuestras mejores facultades: la 
sagacidad, el poder deductivo, la cla- 
ridad y la vehemencia de expresión. 
"No sólo hemos tenido abogados bri- 
llantes en incontable número, sino 
también algunos jurisconsultos de 
vasta ciencia y de seguro juicio, que 
habrían adquirido autoridad en cual- 
quier parte. Y en muchos casos, a la 
inteligencia y el saber se han unido 
las nobles condiciones de carácter que 
completan, a los ojos del pueblo, la 
figura ideal del defensor del derecho 
y la justicia. Y eso que el foro cuba- 
no no supo cerrar todas sus puertas, 
y a menudo las abrió de par en par, a 
la corrupción engendrada y manteni- 
da por los gobiernos coloniales. 

Las ciencias exactas han encontra- 
do también en la Isla distinguidos 
cultivadores, a pesar de la poca apli- 
cación que el atraso industrial y el 
abandono casi absoluto del ramo de 
obras públicas han permitido a las 
carreras que de aquellas ciencias se 
derivan. Nuestros mejores ingenie- 
ros han debido buscar, y lo han halla- 
do, fuera de Cuba, empleo decoroso 
y lucrativo, pudiendo citarse a Meno- 
53 



cal y a Ignacio M. Varona, a quienes 
el gobierno mismo de los Estados Uni- 
dos ha confiado comisiones y cargos 
de importancia, y a Cisneros, que en 
naciones latino-americanas ha ejecu- 
tado obras de extraordinaria consi- 
deración. En la propia Cuba ha en- 
contrado ocupación Ximeno, uno de 
los más aplicados alumnos que han 
tenido las escuelas Politécnica y Cen- 
tral de París y que es realmente un 
ingeniero muy notable. 

La literatura ha sido sin embargo 
el campo que, de más tiempo atrás y 
con mayor ahinco, ha cultivado la in- 
teligencia cubana, sacando de él los 
frutos que más la han dado a conocer 
y apreciar en el exterior. En los días 
de mayor opresión, cuando la torpe y 
férrea mano de España aniquilaba to- 
da actividad mental en la colonia, to- 
davía el poeta hallaba modo de cantar 
y, envolviéndose en el manto del li- 
beralismo español, daba salida al sen- 
timiento del cubano. El poeta ha sido 
en Cuba el eterno rebelde, y aunque 
no tuviese más merecimientos, basta- 
ría ése, sin duda, para hacer simpá- 
tica su figura a los ojos (Je la humani- 
dad. Pero el poeta cubano ha tenido 
además valor artístico y literario, 
siendo exponente fiel, no sólo del gra- 
do de cultura local y del espíritu de 
los suyos en cada época, sino del es- 
píritu universal y de los gustos gene- 
rales dominantes, merced a esa facul- 
tad de asimilación tan propia de la 
raza. Han sido así poetas humanos, 
que han vibrado con las iras del po- 
54 



laco y del griego en rebelión, que han 
sentido la heroica exaltación del gi- 
rondino y que han entonado fervoro- 
sos himnos al progreso de los pue- 
blos. . . ¡ay! sin dejar de ser cubanos, 
y yendo, como tales, a morir en el pa- 
tíbulo y a gemir y languidecer en el 
destierro. 

Poco hemos hecho en historia, ni 
¿qué podíamos hacer bajo la mirada 
suspicaz de la metrópoli, desde el ins- 
tante en que la simple narración del 
pasado de Cuba, por ejemplo, o de 
América, había de ser condenación 
irrefutable de sus métodos de con- 
quista y colonización? Tímidos 
opúsculos, cronologías, monografías, 
investigaciones de carácter america- 
nista y nada más. Pero sí : como tra- 
bajo histórico especial, poseemos un 
libro, uno solo, bien que admirable 
y para nosotros, con razón, monumen- 
tal: la Historia de la Esclavitud, de 
José Antonio Saco. 

En la novela, entre muchos ensayos 
— algunos de importancia, por conte- 
ner pinturas bastante exactas de nues- 
tras cosas — contamos también con 
otra obra de que podemos enorgulle- 
cemos, expresión palpitante de la fi- 
sonomía de nuestra sociedad en ple- 
na vida colonial: la Cecilia Valdés,. 
de Villaverde. 

• La crítica ha tenido siempre en 
nuestras letras numerosa aunque no 
insigne representación, pudiendo ob- 
servarse una pronunciada tendencia 
a la sátira, que rara vez es fina y muy 
frecuentemente acerba hasta la cruel- 
55 



dad, jpero chispeante. Citemos a Bo- 
bádillá, que sobresale en este género, 
además de ser buen escritor. Quien 
con mayor continuidad se ha dedica- 
do entre nosotros a la crítica seria, es 
Piñeyro, que en ella muestra cualida- 
des superiores, tales como vasta y se- 
lecta cultura literaria, amplia com- 
prensión, juicio sereno y principal- 
mente un gusto bien depurado, y ex- 
quisito. Varona ejerce también la crí- 
tica con innegable competencia, lle- 
vando a ella su universal instrucción 
y su honda manera de pensar. La crí- 
tica erudita, en la que — como hemos 
dicho — tanto se distinguen Merchán y 
Sanguily, es también muy cultivada 
entre nosotros. 

De la prosa baste decir que, entre 
incontables manejadores, álzase rara- 
mente un estilista. La cualidad domi- 
nante es la claridad, revelándose en 
ésta como en otras particularidades 
nuestra filiación mental francesa. Te- 
nemos unos pocos escritores sobrios y 
castizos; algunos, brillantes aunque 
amanerados; otros, jugosos pero inco- 
rrectos; muy pocos, confusos; muchos, 
difusos, y uno que otro extravagante 
hasta la ridiculez. En el periodismo 
ha habido y hay polemistas de gran 
nervio. De los prosistas vivientes cita- 
mos a Ricardo Delmonte, José Ga- 
briel del Castillo, Varona, Alfredo 
Martín Morales, Nicolás Heredia y 
especialmente a Piñeyro, que entre 
nosotros es incomparable por la niti- 
dez y elegancia del estilo. 

Para la oratoria, manifiesta nuestro 

56 



pueblo aficiones, que la libertad de 
que vamos a gozar puede hacer cala- 
mitosas. Es grande nuestra verbosi- 
dad, y mientras no la disciplinemos y 
no la contengamos dentro de los lími- 
tes que el buen sentido marca, no sa- 
caremos de ella ningún fruto. El fin 
de la elocuencia es convencer o per- 
suadir o sencillamente deleitar; pero 
no aturdir, no abrumar, no aniquilar 
nuestra razón y nuestro sentido co- 
mún bajo el peso de una estupenda 
catarata de palabras. Esa oratoria de 
garganta, de pulmones y de brazos, y 
aun de cuerpo todo, menos de cere- 
bro ilustrado y juicioso, no es la que 
debemos llevar mañana al recinto de 
nuestro parlamento, so pena de no 
hacer allí nada útil y de ponernos en 
ridículo. El cubano es, sin embargo, 
buena madera de orador. Tiene inte- 
ligencia clarísima, abundante elo- 
cución, afectos vehementes, énfa- 
sis y una gesticulación abierta y 
expresiva. Disciplinadlo bien por 
el estudio, dadle ilustración y sobre 
todo buen gusto, y tendréis un orador 
admirable. Las aptitudes del cubano 
para la oratoria son variadas, y así 
poseemos, en nuestra ya rica colec- 
ción de discuros, desde la arenga des- 
ordenada y atrevida de Cortina, has- 
ta la oración artística y mesurada de 
Piñeyro; desde la fogosa y realmen- 
te inspirada elocuencia de Figueroa, 
hasta la frialdad calculada y la pun- 
zante ironía de Govín; desde el almi- 
baramiento empalagoso y la retórica 
trasnochada de Zambrana, hasta el 
57 



agrio, vehemente, irrebatible y fulmi- 
nante alegato de Sanguily; desde la 
elegante y espléndida improvisación 
de Lincoln de Zayas, hasta la orato- 
ria serena, sustanciosa, profunda y 
conquistadora de Varona; desde la 
palabra, en fin, lenta, grave, sacerdo- 
tal, del Dr. Francisco Zayas, hasta el 
gran discurso amplio, majestuoso, ro- 
tundo, magistral, del mejor orador na- 
cido en Cuba ... ¡ ay ! a quien no pue- 
den aplaudir manos cubanas. 

Si en las letras nos hemos distin- 
guido tanto, sólo hemos brillado en 
una de las artes, en la música. La 
pintura no adelanta, mucho entre nos- 
otros, que digamos : hasta ahora no 
hemos tenido creadores ni maestros 
de un arte personal, sino discípulos 
más o menos hábiles de las escuelas 
clásicas de Europa y algunas bellas 
esperanzas que, por desgracia, se han 
malogrado en flor : murió, joven, Me- 
lero; joven murió Arburu; joven, ni- 
ña, ha muerto Juana Borrero ; Co- 
llazo se malogró mucho antes de mo- 
rir. . . Debemos citar, entre los con- 
temporáneos, unos pocos artistas de 
buen talento, alguno de ellos brillan- 
te, que trabajaron y trabajan aisla- 
damente, faltos de estímulo y sin for- 
mar escuela : Esteban Chartrand ayer, 
hoy Federico Martínez, Melero pa- 
dre, Armando Menocal, Romana, Os- 
mundo Gómez ¿qué se yo? Y quedan 
otras esperanzas — Dulce María Bo- 
rrero y José M. Soler, por ejemplo — 
que quiera la buena estrella de Cuba 
conservar para que fructifiquen. 
58 



Pero la música ha sido nuestro 
arte de predilección, aunque no me 
atrevo a afirmar que estemos espe- 
cialmente dotados para su cultivo. Co- 
mo arte sentimental, parece que su 
producción debiera ser natural y 
abundante en raza tan afectiva co- 
mo la nuestra. No veo, sin embargo, 
muestras muy convincentes de que 
baya de haber una música cubana. 
Hay, sí, dulzura y poesía en nuestros 
puntos criollos y viveza y gracia en 
las guarachas, no careciendo la danza 
de sabor especial y sensualismo, y, aca- 
so bien cultivados, pudieran unos y 
otros aires darnos cierta originalidad. 
Ojalá sea así. Cuanto a la canción 
romántica, que tanto gusta a nuestro 
pueblo, nada más insoportable o risi- 
ble. Es un puro disparate pretensioso 
que hay que proscribir, con sus false- 
tes, sus palabras entrecortadas y sus 
trémulos . . . Mas si el divino arte 
cuenta en Cuba con pocos composito- 
res de nota todavía, tiene en cambio 
por centenares los ejecutantes exquisi- 
tos, muchos de los cuales han hecho 
sonor, al par de sus dóciles instrumen- 
tos, el nombre de Cuba en regiones 
apartadas. Por no citar sino a contem- 
poráneos ¿qué honra y qué placer no 
le han proporcionado a la isla natal 
profesores y artistas de la talla de Es- 
padero y de Villate, de Desvernine y 
de Aristi, de Cervantes, y Jiménez, y 
White, y Brindis de Salas, y Alber- 
tini ? 

Y para que la capacidad cubana se 
revele en toda su amplitud, miremos 
59 



que hasta en el arte de la guerra, que 
nadie nos enseñó, hemos sabido tener 
jefes de indiscutible superioridad y 
todo un pueblo de innegable disposi- 
ción para el combate. ¡ Bien sabe el 
español, aunque por mal entendido 
orgullo se lo calle, lo que han valido 
y valen militarmente un Agramonte, 
un Maceo y un García, por ejemplo, 
y si los cubanos son o no buenos sol- 
dados ! Además de la inteligencia viva, 
fecunda, rápida y sutil manifestada a 
cada,, paso \ qué temple de alma, qué 
valor, que abnegación, qué tenacidad 
moral y qué resistencia física no se 
le ha visto desplegar al pueblo cuba- 
no en tan horrible y desigual contien- 
da — virtudes que han sido, aun pa- 
ra nosotros mismos, una revelación y 
que de seguro nos colocan ya entre los 
pueblos más animosos de la Historia! 
No se lucha, no se muere, no se vence 
así sino cuando la raza es buena y lle- 
va en sí, con el ideal alentador, el po- 
der de realizarlo. 

¿ Qué no hemos de esperar, pues, 
de pueblo así dotado de tan armonio- 
sas facultades ? ¿ Qué hay de excesivo 
en nosotros o de deficiente en grado su- 
mo ? Y ¿ qué no darán- de sí tan ponde- 
rada inteligencia y tan generoso co- 
razón, cuando se los someta de lleno 
a esa racional y varonil cultura con 
que soñaron nuestros dos grandes 
educadores de Occidente y de Orien- 
te, José de la Luz Caballero y Juan 
Bautista Sagarra, que ya, en tiempos 
de abyección, supieron hacer hom- 
bres ? . . . Abramos, pues, los acongo- 
60 



jados pechos a esperanzas lisonjeras: 
el porvenir premiará los dolorosos me- 
recimientos del pasado. Annqne pe- 
queña nuestra Cuba, podemos alcan- 
zar que la consideren como grande. 
Porque el valor de las naciones, como 
el de los individuos, no reside en el 
tamaño material, sino en la suma de 
energías que contengan. Y el cubano, 
que es un enérgico hombrecillo, pue- 
de concebir y realizar cosas enérgicas . 

He conocido a un hombre que en 
sí reunía, magnificadas, las virtudes 
todas del cubano. En lo físico, era el 
tipo de ese hombre de los trópicos en 
quien el sol seca las carnes, como para 
que el nervio y la fibra muscular ad- 
quieran mayor soltura y temple y res- 
pondan al estímulo con la celeridad 
del rayo. Era delgado y flexible; mas 
con la delgadez y flexibilidad de las 
hojas de Toledo. Parecía una dama, 
y era un hombre. Las asperezas de un 
clima violentísimo, la fatiga de un 
incesante trabajar, las amarguras de 
un destierro interminable, la priva- 
ción y la humillación de la pobreza, 
dolores de carácter íntimo, y, añadida 
a toda esta desgracia, la angustia in- 
tensa de quien persigue un ideal por 
sendas cubiertas de abrojos y corta- 
das por abismos, nada pudo rendir su 
delicado cuerpo ni siquiera apagar la 
sonrisa de su rostro. Vivía y se movía 
entre innumerables hombres de otra 
raza, hercúleos y arrolladores, que pa- 
saban a su lado imaginando empresas, 
gigantescas como ellos. Pero él, el: 
61 



hombrecito del trópico, que con ner- 
vioso pie se escurría entre las masas 
y a quien más de un hombrazo de 
aquellos miró acaso con desdén, era 
más hombre que todos, en la doble 
acepción de la palabra: porque ama- 
ba más a la Humanidad, y porque es- 
taba acometiendo — él solo — una em- 
presa, al lado de la cual eran juegos 
de niños las más atrevidas imagina- 
ciones de aquel pueblo. 

En lo moral, poseía la bondad cu- 
bana en toda su grandeza. Era humil- 
de con los humildes, blando hasta el 
enternecimiento con los niños y con 
los desventurados, galante como caba- 
llero antiguo con las damas, noble y 
atento y obsequioso con todo el mun- 
do; creyendo que el amor todo lo 
resolvía, que la persuasión era la gran 
fuerza humana ; amándolo todo, prin- 
cipalmente la libertad y la justicia, 
e idolatrando a su pueblo y a su pa- 
tria. Sólo tuvo un odio; pero este odio 
era la forma suprema de ese amor a 
su patria y a su pueblo, a la libertad 
y la justicia. Sí, su fuerza era el amor. 
Mas cuando vio que era inevitable la 
obra de violencia, cuando se conven- 
ció de que el sacrificio cruento se im- 
ponía, él, con su mano blanda y aca- 
riciadora, fué llevando poco a poco 
y uno a uno a sus hermanos al lugar 
del sacrificio. Y después, se fué 
también. 

En lo intelectual, tenía toda la ca- 
pacidad cubana : era inteligente, mas 
en grado tal y con destellos tan fulgu- 
rantes, que en las naciones que reco- 
62 



rría o con las que se comunicaba, de- 
jaba la impresión del genio. Por ge- 
nio lo tenía el mejicano, y el hijo de 
la América Central, y el de Venezue- 
la y de Colombia, y allá, en el extre- 
mo meridional del Continente, el ar- 
gentino por genio lo tenía... En. su país 
natal se discutía si era loco. Era inteli- 
gente, sí. Concibió una obra magna, 
sublime y para prepararla, dio inten- 
so empleo a todo aquello que su patria 
había puesto en él : a la atención infa- 
tigable, a la recelosa previsión, al cál- 
culo frío y caviloso, a la cordura que 
examina, a la prudencia que no se 
arriesga, a la habilidad sutil que ajus- 
ta, al ingenio que combina, a la pa- 
ciencia que desenreda, a la solicitud 
que en todo está, a la sagacidad, al 
tino, a todo lo que en él había de pro- 
pio para que nada faltase, para que 
nada dejase de ser lo que debía, para 
que todo concurriese al fin propuesto ; 
y cuando estuvo todo bien urdido y 
llegó el instante de dar a conocer su 
plan a los que debían realizarlo, em- 
pleó en la indispensable y riesgosa 
operación todas las otras cualidades, 
todas las otras fuerzas que la virtud 
de la raza y del suelo propios le había 
infundido: y fué el más tenaz y ar- 
diente de los propagandistas, y viajó 
sin parar ni cuidar de su salud, y 
fundó periódicos, en los que escribió 
sin tasa y con el alma toda, y levan- 
tó clubs, en los que derramó torrentes 
de elocuencia extraña y poderosa, y 
convirtió, a fuerza de razón, en ami- 
go al extranjero, y a fuerza de cariño, 
63 



en combatiente al compatriota, y a 
fuerza de persuasión, en contribuyen- 
te al pobre, al rico, a todo el mundo; 
y supo sacar de sí — de su cuepro frá- 
gil y pequeño — todo lo que era me- 
nester para su obra : pensamientos co- 
losales y pensamientos tiernos, ener- 
gías de titán y blanduras de mujer, 
conminaciones, súplicas, lágrimas, 
sonrisas, la mirada que escruta, la fra- 
se que levanta, el gesto que esclaviza, 
la arrebatadora arenga del tribuno, 
el razonamiento impecable del demos- 
trador, la fina circunlocución del di- 
plomático, es decir, recursos para la 
guerra, barcos, pertrechos, rifles, ge- 
nerales y soldados. . . Y cuando todo 
lo hubo sacado de sí mismo, se sacó 
también la vida y la entregó ! . . . 

Vosotros habéis conocido, como yo, 
a ese gran cubano cuyo nombre no 
pronuncio, para dejar que lo murmu- 
ren enternecidas nuestras almas. 

He dicho. 



64 



BLANCOS Y NEGROS 

(Conferencia dada en Cayo Hueso el 7 de 
Noviembre de 1897) 

Ciudadanos : 

Estas conferencias son de paz, es- 
tas conferencias son de amor. No tie- 
nen seguramente, ni quiero que ten- 
gan, semejanza alguna con la místi- 
ca, monótona predicación que cae del 
pulpito en los templos o se extiende 
en las inacabables, adormecedoras 
páginas de un libro de moral. Yo pre- 
tendo hacer obra política, estricta y 
rigurosamente política, de utilidad 
inmediata y palpable, de interés ma- 
terial bien calculado, cuando reco- 
miendo a nuestro obrero que en la 
persecución de sus fines no apele a la 
violencia; cuando exijo a nuestra cla- 
se culta y rica, por su buen nombre 
y conveniencia, que no olvide que 
somos una democracia y se muestre 
respetuosa y afable con el pueblo; 
cuando pida, como voy a pedir al cu- 
bano blanco, que no menosprecie al 
cubano de color, y cuando suplique 
a éste; como pienso suplicarle, que 
65 



sofoque en sí todo sentimiento de ren- 
cor hacia su hermano blanco. Si tales 
procedimientos bondadosos, que así 
aconsejo en todas nuestras circuns- 
tancias, no hubiesen de producirnos 
frutos positivos en esta vida terrenal, 
ya que no creo en otra vida, no me 
haría la pena de recomendarlos, y 
dejaría al hombre de religión el ino- 
cente empeño de inflamar las almas 
con ese amor divino, que promete 
bienaventuranza eterna en cielos 
apartados. 

Pero no; mi amor, el que predico, 
más humilde de origen y menos mag- 
nífico y dadivoso, en promesas, que el 
del padre cura, ofrece, sin embargo, 
una y modesta pero seguramente, la 
ventura en esta vida, — y no está de- 
más que tratemos de crearnos con 
nuestro humano amor un edén aquí, 
por si el alto y maravilloso cielo del 
amor divino resultase un gran en- 
gaño. 

La cuestión que me propongo exa- 
minar hoy — la cuestión de razas — es, 
como la cuestión obrera, de esas que 
la gente sesuda y timorata llama es- 
cabrosas y dice que no deben siquiera 
mencionarse. Opino de otro modo; 
pienso que entre hombres libres y 
honrados puede hablarse de todo y 
con entera claridad, pareciéndome, 
por el contrario, que, entre semejan- 
tes hombres, lo único escabroso es el 
disimulo o la mentira, pues más pe- 
ligros esconde el silencio del cobarde 
que la franqueza de los pechos varo- 
niles. No es culpa nuestra que en Cu- 
66 



ba haya dos razas diferentes, no es 
culpa nuestra que por ley fatal hu- 
mana surjan antagonismos entre 
ellas ; pero sí seríamos culpables si, en- 
frente del hecho de la coexistencia y 
en previsión de los males que puedan 
del antagonismo originarse, no empe- 
zásemos desde ahora a prevenir esos 
males, estudiando la manera de esta- 
blecer entre ambos elementos sociales, 
la misma armonía que la naturaleza 
establece entre los infinitos elementos 
que la compopen, los cuales, a pesar 
de luchas aparentes, concurren con 
eficacia igual al fin supremo de la es- 
tabilidad y de la vida. La ventura o 
desgracia de los pueblos, como de los 
individuos, no depende precisamente 
de su constitución orgánica, sino del 
mayor o menor tacto con que la ha- 
cemos funcionar. Puede, por ejemplo, 
un hombre débil y enfermizo sentir 
mayor suma de bienestar, por la dis- 
creción con que maneja su pobre 
máquina, que un hombre robusto que 
locamente echa a andar la suya. En 
realidad, tenemos la suerte en nues- 
tras manos, y el hombre será más 
cuerdo y bueno, es decir, más feliz, el 
día que se convenza de que nada se 
pierde en este mundo y que la cose- 
cha que nos toque recoger será del 
grano mismo que tiempo atrás sem- 
bramos. Nadie se va de la vida, como 
dice Emerson, sin dejar pagada toda 
su deuda, y si algo quedó por pagar, 
lo pagarán los hijos. Hay una provi- 
dencia, la histórica, cuya acción es 
real y de efectos más inmediatos que 
67 



los de la Divina Providencia, tan 
lejanos éstos, pero tan lejanos, que 
todavía espera la humanidad ver el 
castigo divino de un Caín y la com- 
pensación celeste de un Abel. Esta 
providencia terrena reparte el bien 
y el mal entre los individuos y los 
pueblos, no al capricho, sino en la 
medida de los merecimientos, según 
la ley inexorable que rige las accio- 
nes y reacciones en la naturaleza. 

Es innegable que el porvenir de 
Cuba aparecería menos confunsamen- 
te definido a nuestros ojos, si la raza 
pobladora de la isla fuese toda blanca 
o toda negra. Pero no es así : hay allí 
dos razas de distinto origen que, a 
pesar de la identidad de caracteres y 
de gustos, creada por el medio am- 
biente, y a pesar de la actual comu- 
nidad de odio y de acción contra Es- 
paña, podrían asomar mañana aspi- 
raciones distintas, exclusivas. En- 
frente de tal posibilidad, no cabe ce- 
rrar los ojos, sino por el contrario 
abrirlos todo enteros, para ver desde 
ahora, antes que la lucha política se 
encienda en la futura república, el 
modo de impedir que las ligeras dis- 
cordancias procedentes de la diferen- 
cia de color, no lleguen a producir 
discordancias de sentimientos y de 
miras, que serían funestas, desastro- 
sas para todos. 

El problema es, indudablemente se- 
rio, no tanto, sin embargo, como los 
de análoga naturaleza, resueltos en 
otras partes. Del mismo modo que 
nuestra futura constitución política y 

68 



nuestra cuestión obrera preséntanse 
con caracteres que hacen su solución 
relativamente fácil, así nuestra cues- 
tión de razas es muy sencilla, compa- 
rada con las de la propia índole de 
Europa. No hay nación europea que 
no esté compuesta de razas distintas, 
que al cabo se avinieron, hasta el 
punto de que naciese en ellas un sen- 
timiento común de nacionalidad, más 
o menos poderoso. Suiza, por ejemplo, 
y la cito por ser una de las naciones 
más tranquilas del mundo, está for- 
mada por tres razas diferentes, frag- 
mentos desprendidos de Alemania, 
de Italia y de la antigua Borgoña, 
que conservan no sólo sus principales 
rasgos étnicos sino hasta sus tres len- 
guas primitivas todas las cuales han 
sido declaradas lenguas nacionales. 
Suiza es no obstante una verdadera 
nación, en que existe un sentimiento 
nacional muy fuerte, pues el suizo, 
cualquiera que sea su origen, se mues- 
tra encantado de su suelo pintoresco, 
contento con sus costumbres patriar- 
cales, orgulloso de su heroica historia, 
y celosísimo de su grande y hermosa 
libertad. Pero el Estado más dispara- 
tado de nuestros días es el Imperio 
Austríaco. Constitúyenlo el alemán, 
el húngaro, el bohemio, el italiano, el 
polaco, otros restos de nacionalidades 
eslavas, destruidas, y hasta Estados 
enteros, retenidos al imperio turco. Y 
esas sí son razas inasimilables, vi- 
viendo cada una de ellas en su anti- 
guo territorio, hablando cada cual su 
vieja lengua, nutriéndose de sus re- 



cuerdos históricos, de sus glorias ex- 
clusivas, consistentes, con frecuencia, 
en triunfos guerreros, obtenidos sobre 
alguna de las razas que hoy compar- 
ten la nacionalidad, con religiones, 
costumbres y hasta trajes diferentes, 
detestando todas, más o menos, a la 
raza predominante, la alemana, y 
pugnando por conservar cierto aire 
de independencia, cuando en reali- 
dad no tienen, a excepción del hún- 
garo, sino una muy recortada autono- 
mía. El imperio subsiste, sin embar- 
go, merced al tacto político asombroso 
con que se procede en Viena, aunque 
por ser, como hemos visto, tan dispa- 
ratado su conjunto, no sería locura 
predecir una disgregación final. 

¿¡Qué tiene de semejante a esto 
nuestro problema f ¿ Cuál territorio de 
la Isla pertenece históricamente al 
negro y cuál al blanco ? ¿ Qué lenguas 
distintas hablan ? ¿ Qué religiones di- 
ferentes siguen? ¿Qué costumbres ni 
qué gustos exclusivos los separan? 
¿ Qué recuerdos de agravios históricos 
los alejan? — Porque la esclavitud im- 
puesta a una de esas razas, no fué 
obra de la otra, sino del tirano común. 
¿Qué ideales contrarios, en fin, po- 
drían acariciar las dos, cuando histo- 
ria, lengua y religión, carácter, usos 
y costumbres, todo les es común? 
¿Podría conocerse siquiera, a no ser 
por el accidente del color, que en Cu- 
ba había dos razas? ¿No han vivido 
éstas y viven mezcladas de hecho en 
la vida social, a pesar de ligeras pre- 
venciones recíprocas que ya exami- 
70 



naremos? ¿No están hoy mismo per- 
fecta y admirablemente confundidas 
en la acción política y militar, sacri- 
ficándose juntas y con patriotismo 
igual por librarse de un mismo yugo ? 
Y como, después del triunfo, ha de 
constituirse en la patria, por ambas 
conquistada, un régimen sobre bases 
de igualdad y libertad ¿qué tendrá 
que temer una de otra? ¿Podría nin- 
guna de ellas reclamar para sí el 
menor privilegio ni sobreponerse le- 
galniente? ¿Qué nubes, pues, son esas 
que algunos ven, preñadas de tem- 
pestad, asomar por nuestros horizon- 
tes? ¿Cómo, sino con malicia, ha po- 
dido el español o algún cubano men 
guado, apuntar, en son de amenaza, 
la idea de que Cuba independiente 
habrá de ser campo de guerras de 
raza interminables ? ¿ Cómo, sino con 
malicia más honda todavía, se afirma 
aún, de vez en cuando, y con fatídica 
voz, que Cuba libre será negra? 

Para desvanecer tanto error, hijo 
de la ignorancia o la mala fe ; para 
disipar tanto miedo pueril o simula- 
do, preciso es hacer lo que hago aho- 
ra, traer el problema a plena hiz, 
para que lo examinemos fríamente 
en todas sus fases, que son pocas y 
sencillas. Así veremos pronto que, del 
mismo modo que en la cuestión obre- 
ra no habrá que temer entre nosotros 
la brusca aparición del lanzador de 
bombas infernales, tampoco en la po- 
lítica daremos la espantable visión de 
dos fieras que mutuamente se de- 
voran. 

71 



Sólo hay un motivo — bastante se- 
rio, aunque por fortuna remediable — 
de división entre el cubano blanco y 
el cubano de color, y es — Ajémoslo 
bien — de parte del blanco, un mal 
contenido sentimiento de superiori- 
dad, que se revela por cierta esquivez 
del trato o por un lenguaje ligera- 
mente imperioso o despreciativo, y, 
de parte del hombre de color, como 
es natural, cierta irritación continua 
y sorda, que raramente estalla, pero 
se desahoga con frecuencia en mur- 
muraciones íntimas. Ahondando bien, 
se nota que tales sentimientos no tie- 
nen raíces profundas y que el odio, 
lo que se llama odio, no existe sino 
en alguno que otro individuo en am- 
bas razas. Además de no ser profun- 
dos aquellos sentimientos, no son si- 
quiera naturales en nuestro carácter 
benigno y expansivo, y sólo pueden 
explicarse por la proximidad en que 
nos hallamos todavía de los malditos 
días de la esclavitud. Algo ha queda- 
do del amo antiguo en cada cubano 
blanco, algo también del antiguo 
esclavo en cada cubano de color. 
Aunque la razón mantiene presente 
en el ánimo de todos la igualdad 
reconquistada, el hábito del mando 
persiste involuntariamente en unos y 
les da inflexiones insolentes al ha- 
blar, mientras el hábito de la sumi- 
sión forzada sostiene en otros la agria 
actitud de la protesta sorda; Son, más 
que sentimientos reales, superviven- 
cias ide gesto, pliegues físicos que 
tardan en desaparecer. A estas remi- 
72 



niseencias del pasado, vagas e incon- 
sistentes, añádase, para acentuar las 
diferencias, el estado positivo de in- 
ferioridad intelectual en que se en- 
cuentra la raza de color. Como se ve, 
esta condición de inferioridad es 
también superficial y puede ser pasa- 
jera, pues no depende precisamente 
de deficiencia mental ingénita, sino 
de la falta absoluta de educación en 
una raza que hasta ayer mismo ha 
estado esclavizada. 

En el fondo, nada esencial, nada 
que anuncie y justifique un aleja- 
miento eterno entre los dos principa- 
les componentes de nuestra sociedad. 
La raza de color se educará, comienza 
ya a educarse, y como es de suyo 
inteligente y parece que tiene verda- 
dero afán de progresar, verá pronto 
salir su espíritu del adormecimiento 
en que ha estado durante la larga 
noche de la esclavitud y ponerse al 
nivel del espíritu del blanco, que se 
ve libre ya de la ignorancia crasa y 
de la superstición, aunque carezca 
aun de superior cultura. Mientras 
tanto, el tiempo y la reflexión— ésta 
sobre todo — harán que se desvanezcan 
los últimos aires de actitud de un 
señorío y de una servidumbre £ara 
siempre desaparecidos, y que el blanco 
se deje de tonillos y de humos, 'para 
que a su vez el de color se deje de re- 
celos y asperezas en las mutuas rela- 
ciones. 

No hay odios que hiervan en los 
pechos. Y para probárnoslo, recorde- 
mos nuestra propia vida familiar. 
73 



Raro es el hogar cubano blanco en 
donde el esclavo de otros días y su 
descendencia no hayan inspirado y 
mantenido el afecto y la confianza, 
hasta el punto de ser tenidos como de 
la familia. Nosotros todos nos hemos 
criado en contacto continuo con los 
niños de color de nuestra edad, juntos 
hemos crecido, y si las exigencias de 
la vida nos han separado más tarde, 
siempre hemos pensado en ellos con 
singular cariño, y no podemos recons- 
truir en la memoria el hogar de nues- 
tra infancia, sin que sus imágenes 
y las de sus padres, sobre cuyas ro- 
dillas tantas veces nos dormimos, no 
aparezcan confundidas con las de 
nuestros padres y hermanos. Y sa- 
liendo del hogar, en las mismas re- 
laciones exteriores y generales entre 
una raza y otra, y no obstante las 
preocupaciones y prevenciones que de- 
jamos apuntadas, es innegable que 
hay un fondo de consideración y de 
suavidad en el trato mutuo, que es 
casi siempre familiar por el tono y 
destruye toda sospecha de odio y de 
incompatibilidad. El individuo de 
color imita al blanco en los usos y 
gustos sociales, mostrando así un 
noble deseo de elevarse y dando 
pruebas de su admirable facultad de 
adaptación. A su vez el blanco, mu- 
cho menes discreto, no repugna imi- 
tar aun a los menos dignos de imita- 
ción entre la clase de color, a esa 
parte escandalosa y bullanguera que 
refina a su modo los danzones e in- 
venta refranes y dicharachos de una 
74 



agudeza igual a su extravagancia y 
grosería. Estos dicharachos, salidos 
de labios de algún sucesor del antiguo 
' ' curro del Manglar ' ', se esparcen con 
la rapidez del rayo por nuestra socie- 
dad entera, se prenden de todas len- 
guas, amenizan toda conversación, y 
hasta la señorita más romántica y 
melosa se pasa quince días i i como 
mono", averiguando "a qué hora Bi- 
longo mató a Merced "... ¿No indica 
todo esto que hay corrientes simpáti- 
cas que se cruzan en todas direcciones 
bajo la masa total de nuestra so- 
ciedad ? 

Pero la prueba mayor de la posi- 
bilidad de establecer el mutuo apre- 
cio definitivo entre ambas razas, nos 
la ofrecen nuestras revoluciones, en 
que negros y blancos han comparti- 
do en amigable unión penalidades y 
alegrías, glorias y peligros, luchando 
todos con perfecta naturalidad a las 
órdenes de jefes de distinto color. En 
la manigua, donde los hombres se 
miden y se estiman en lo que real- 
mente valen, no hay blancos ni ne- 
gros, sino soldados más o menos 
hábiles y valientes, y los mejores im- 
ponen a las masas el respeto y el 
cariño. Maceo llevaba en su Estado 
Mayor lo más granado de la juven- 
tud blanca, que se disputaba el honor 
de acompañar a jefe tan insigne, y 
José Maceo, y Bandera, y Rabí y 
todos los demás jefes de color qué se 
han distinguido por su bravura, han 
arrastrado a los blancos y tenido en 
ellos fieles y decididos servidores: Del 
75 



mismo modo los soldados de color se 
han agrupado y se agrupan con en- 
tusiasmo alrededor de jefes como 
Gómez y Calixto García, como Zayas 
y Carrillo y Aranguren. 

¡ Qué diferencia entre la cordialidad 
que se advierte examinando de cerca 
los contactos sociales de las dos razas 
cubanas y la honda e implacable an- 
tipatía, el odio descarado, violento y 
agresivo, que divide a negros y blan- 
cos en esta tierra que llaman trono de 
la libertad, campo del progreso, cuna 
de la democracia y delicia de la hu- 
manidad! Mientras el primer acto de 
nuestra primera gran revolución fué 
abolir la esclavitud, aboliéndola de 
hecho en su dominio, la revolución 
americana dejó a su negro encadena- 
do, y cuando mucho más tarde se tra- 
tó de quebrantar sus hierros, una bue- 
na parte de la nación se opuso y hu- 
bo, para realizar la noble empresa, 
que derramar ríos de sangre, cuando 
ni una sola gota costó la redención 
del negro en Cuba. Por fin la esclavi- 
tud fué abolida en los Estados de la 
Unión; pero entonces empezó para la 
pobre raza negra otro género de su- 
plicio, que debió sorprenderla en su- 
mo grado. Era natural que pensase 
que el hombre del Norte que así ha- 
bía vertido su sangre y dado su vida 
por libertarla, estuviese lleno de con- 
sideración y afecto hacia ella. Pronto 
pudo convencerse de que el blanco 
norte-americano no se había batido 
sino por una idea puramente abstrac- 
ta, para hacer verdadera la letra de 
76 



la Constitución, que declaraba libres 
a todos los americanos, sin que su re- 
solución entrañase amor a la persona 
del redimido. Este entraba en pose- 
sión del derecho común, y eso bastaba 
al libertador, celoso de la pureza de 
los principios constitucionales. Pero 
el negro seguía siendo a sus ojos raza 
inferior, peor aún, raza antipática, a 
la que debía mantenerse fuera ■ de la 
legítima sociedad americana, evitan- 
do en lo posible su contacto, como si 
contaminara, cerrándole, no ya las 
puertas de su casa, sino las del teatro 
y del café, las del templo mismo, y 
levantando tal cúmulo de prevencio- 
nes y alimentando tal odio contra ella, 
que el sentimiento de justicia lia lle- 
gado o oscurecerse en la conciencia 
popular, hasta el extremo de que la 
ley escrita, que se juzga buena para 
castigar al blanco en ciertos casos, pa- 
rece deficiente cuando el culpable es 
negro, y las muchedumbres, poseídas 
de un furor que nada tiene de santo, 
pues es simplemente la explosión de 
un odio incontenible, arrebata al pre- 
sunto reo del poder del tribunal, y 
para oprobio del nombre americano 
y vergüenza de la humanidad, lo cuel- 
ga con sus manos y lo ultraja ! 

Compare con toda esta injusticia 
y esta brutalidad nuestra raza de 
color su propia situación en Cuba, y 
creo que tendrá motivo para congra- 
tularse. El pueblo cubano es por na- 
turaleza más democrático y más bon- 
dadoso que este enorme pueblo de 
la Unión americana, que es en muchos 
77 



conceptos pueblo superior, pero que 
está demasiado poseído de su supe- 
rioridad. Nosotros podemos crear, si 
nó una gran república, algo que aca- 
so vale más, la república cordial, ca- 
riñosa, que concibió Martí, interpre- 
tando, al concebirla, como siempre 
interpretó, los sentimientos del cuba- 
no. En esta república pueden vivir, 
hermanadas, las dos razas, empeñán- 
dose en dar y mantener la forma de 
una noble emulación a ese antagonis- 
mo que inevitablemente surge del con- 
tacto de pueblos o individuos de di- 
verso origen. Ese antagonismo pro- 
cede del concepto de superioridad que 
cada ser humano — individuo o colec- 
tividad — tiene de sí mismo. Porque 
no hay que engañarnos : nadie, por pe- 
queño que sea, y aunque reconozca en 
parte su pequenez, deja de atribuirse 
una superioridad cualquiera sobre su 
prójimo, y es verda'd que la tiene en 
algún sentido, pues no es posible que 
haya dos seres que reúnan, el uno to- 
das las virtudes y el otro todos los de- 
fectos imaginables. Si el blanco se 
cree superior al negro, es seguro que 
el negro se cree también superior al 
blanco, y en el fondo, uno y otro po- 
seen realmente alguna superioridad. 
De aquí que ambos deben conside- 
rarse y respetarse, procurando,' ya 
que han de vivir juntos, que los im- 
pulsos diferentes de sus diferentes 
cualidades se busquen para comple- 
mentarse en provecho común, en vez 
de buscarse para reñir y destruirse 
en perjuicio de los dos. En sociedad, 
78 



el respeto es la base del cariño : no 
se puede querer a quien no se estime 
en lo que vale. Estudie el hombre de 
color al blanco, con quien va a vivir, 
y reconózcale las virtudes que le en- 
cuentre, y a su turno examine el blan- 
co a su compañero de color y confiese 
en alta voz sus méritos, y si uno y 
otro deben asimismo conocer los de- 
fectos respectivos, déjenlos en segun- 
do término y no utilicen su conoci- 
miento sino para dirigir con tino la 
conducta propia. 

La raza de color, desorganizada por 
la disolvente influencia de la esclavi- 
tud en que ha vivido hasta hace po- 
co, tiene que trabajar doblemente 
ahora para imponer con facilidad a 
todos el respeto. Antes que nada, de- 
be reconstituir la familia, aniquila- 
da por la esclavitud ; fundar su ho- 
gar severo, puro, en que el padre le- 
vante su autoridad por medio de só- 
lidas virtudes domésticas : la previ- 
sión, la solicitud, la justicia, la labo- 
riosidad y la sobriedad ; en que la ma- 
dre reine por la ternura y mantenga 
su poder por medio de beneficios in- 
cesantes que resulten de su amor al 
orden y a la limpieza, de su cuidado 
minucioso, de su inteligente abnega- 
ción; en que los hijos, por último, 
nazcan en abundancia y crezcan bien 
criados y educados, para que sean lue- 
go útiles & su familia, a su raza y a 
su patria. Porque es preciso que aquí 
llame yo la atención de los cubanos 
de color sobre un fenómeno que se 
produce de tiempo atrás y que les in- 
79 



teresa vitalmente conocer; es preciso 
que les diga hoy en alta voz y con la 
llaneza y sinceridad que me son ha- 
bituales, que su raza se está extin- 
guiendo en Cuba; que, desde muchos 
años hace, la estadística viene reve- 
lando una regular y notable despro- 
porción entre nacimientos y defuncio- 
nes, de tal suerte que cada año pier- 
de la, raza miles de individuos, y que, 
de no variar los términos del cuadro, 
a la vuelta de un siglo no quedarán 
de ella, en la Isla, sino restos insigni- 
ficantes. La causa principal, quizás 
la única, de tan tremendo fenómeno, 
es la desorganización de la familia de 
color. La esclavitud era mortífera, 
devoraba al negro como poseída de 
insaciable hambre de carne : espanta 
calcular, aunque aproximadamente, 
el número de seres arrancados al 
África para ser traídos como pasto al 
monstruo. Millones de individuos sa- 
nos, fuertes, aptos para aclimatarse 
en Cuba maravillosamente, prolíficos 
por naturaleza, que debían por tales 
razones estar ocupando, llenando la 
Isla entera, de un cabo al otro, — y 
que apenas llegan sin embargo a me- 
dio millón de seres en la actualidad. 
Pero la esclavitud no consentía la fa- 
milia, la desconocía, la desbarataba 
en germen, dispersando sus miembros, 
vendiendo a la madre en un mercado 
y al hijo en otro, fomentando la in- 
moralidad secreta con la imposición 
de la promiscuidad, esterilizando al 
varón por el agotamiento de las fuer- 
zas en el incesante trabajar, defor- 
80 



mando el seno de la hembra y enve- 
nenándole la leche por la tarea for- 
zada y el castigo, dejando languide- 
cer y perecer al niño en la soledad del 
barracón ; sin contar con que el mons- 
truo tenía a sus víctimas famélicas, 
escuálidas, por lo que, al cruzar el 
aire una epidemia, quedaban los cam- 
pos de Cuba cuajados de cadáveres! 
La esclavitud cesó, pero la raza ha 
permanecido en estado de desorgani- 
zación, peor aún, de desorganización 
y de miseria. El hogar del hombre de 
color apenas si existe, los matrimo- 
nios serios son raros, pasajeras las 
otras relaciones, los hijos nacen al 
capricho y se crian sin cuidados, la 
muerte naturalmente los diezma, y la 
raza empeora y se aniquila. Fíjense 
bien en lo que acabo de exponer los 
cubanos de color que se han ilustrado 
ya y tienen, por lo mismo, el deber 
de dirigir a los suyos. Tiendan con 
todas sus luces a educarlos y mejorar- 
los, y, para ello, empiecen por luchar 
para que se reconstruya la familia. 
El hogar moralizador, el matrimonio 
regular, la laboriosidad del padre, la 
dignidad, la tierna solicitud y la dul- 
zura de la madre : he aquí lo que es 
preciso juntar, amigos míos, para dar 
vida a generaciones abundantes, sa- 
nas de cuerpo y alma, que aseguren la 
conservación y progreso de la raza. 
Semejante remedio es más rigurosa- 
mente indispensable en Cuba, donde 
la masa de color no recibe, desde la 
cesación de la trata, alimento exterior 
alguno y tiene que fiar su existencia 
81 



y desarrollo a su sola fecundidad. No 
así la masa blanca, a quien las in- 
migraciones, blancas todas, aportan 
continuamente una adición no des- 
preciable. Fuera de que los blancos, 
que han mantenido siempre bien cons- 
tituida su familia y han dispuesto de 
mayores medios para su cuidado y 
educación, han venido creciendo, se- 
gún las propias estadísticas, hasta 
componer hoy más de las dos terce- 
ras partes de la población total del 
territorio. El elemento blanco ve así 
asegurada su existencia en Cuba : ne- 
cesario es que el elemento de color 
se empeñe en asegurar también la 
suya. 

Unidos, pues, en paz amable y 
concordia provechosa, pueden negros 
y blancos habitar la república cari- 
ñosa de Martí, confundidos en la la- 
bor común de engrandecer la Patria 
y respetándose en la obra exclusiva 
de mantener la existencia y dignidad 
de las respectivas razas. Porque las 
razas, como los individuos — más que 
los individuos todavía — abrigan un 
poderoso sentimiento de conservación, 
puesto en ellas por la naturaleza mis- 
ma, que quiere que lo que ella creó 
perdure en su integridad y su pureza. 
Ese sentimiento es sagrado, y a él se 
subordina todo, por él se sacrifica 
todo. Las dos razas cubanas pueden 
aspirar a conservarse, crecer y refi- 
narse paralelamente sobre el suelo fe- 
cundo que les brinda asiento y bajo 
el cielo benigno que las cobija y les 
sonríe. Ese noble trabajo de fijación 
82 



y tpulimento de la estirpe propia, no 
dej^e despertar entre ellas sino emu- 
laciones generosas, propendiendo ca- 
da cual a sobresalir en lo bueno, en lo 
justo y en lo bello, tomándose mutua- 
mente por modelo en lo que mejora y 
dignifica, dándose lo que recíproca- 
mente se deban en consideración y en 
servicios sociales, mezclándose en la 
ocasión y en la medida que la libre 
voluntad lo quiera y dejándose solas 
y respetándose profundamente en lo 
que sea privativo de cada una de ellas, 
en lo que ataña al espíritu íntimo y 
a la independencia del hogar. El ho- 
gar es una institución aparte, fuera 
de la política, fuera de la misma so- 
ciedad ; es el solo dominio en la tierra 
donde el hombre puede legítimamente 
considerarse rey, y rey absoluto, que 
dicta, pero no recibe leyes. Es pre- 
ciso que el hogar del hombre de co- 
lor y el hogar del hombre blanco sean 
en Cuba santuarios inviolables y que 
sus jefes tengan, con carácter de in- 
discutible, el derecho de abrir y ce- 
rrar puertas. No habría tiranía más 
odiosa que la imposición de una vo- 
luntad extraña en ese recinto de la 
soberanía íntima del alma familiar. 
Es indispensable que, en medio de 
las afanosas inquietudes de la vida 
y las agitaciones de la plaza pública, 
posea el cubano, cualquiera que sea 
su color, el refugio de tranquilidad 
inalterable de su casa, en donde no 
vea, ni oiga, ni toque sino lo que le 
plazca tocar, oir y ver ; en donde pue- 
da crearse el mundo de sus gustos y 
83 



caprichos, en donde se sienta libre, 
en donde se sienta venturoso. 

Ahora bien, si en lo social nada 
tenemos, según espero, que temer de 
dos clases de hombres que son sensa- 
tos y generosos por naturaleza, que 
han vivido hasta hoy en buena ar- 
monía, animados de un mismo espí- 
ritu y que de aquí en adelante se 
sentirán más unidos todavía con el 
nuevo lazo de la hermandad revolu- 
cionaria, tampoco temo, o temo poco, 
que la vida de actividad política que 
los espera en la conquistada patria, 
los indisponga hasta armarlos unos 
contra otros. El régimen de igualdad 
absoluta y de justicia que allí se inau- 
gurará indefectiblemente, no propor- 
cionará motivo ni pretexto legal para 
el descontento de nadie. Sólo en la 
práctica, en la distribución de puestos 
y honores, en la composición de los 
gobiernos, podría caber el favoritis- 
mo y la injusticia. Hombres somos, y 
el egoísmo y las pasiones bastardas 
pueden despertar en nuestro corazón 
y echar a perder la hermosa obra del 
más puro y levantado patriotismo. 
¡ Oh, quisiera no tener que pensar en 
semejante posibilidad, en tamaña des- 
ventura ! ¿ Cómo entrever, sin terror 
y sin angustia, la posibilidad de que 
se realicen los estúpidos, los malévo- 
los vaticinios de un Cánovas del Cas- 
tillo o un / ■u-.v , *j ? Me resisto en ver- 
dad a creer que nuestro pueblo, de 
tan admirable cordura y tan sublime 
abnegación en la conquista de la li- 
bertad, al gozar de ella se torne in- 
84 



sensato y egoísta. Si por desgracia 
fuese así ¡ay del que provoque la 
escisión, ay del que rompa el pacto 
que ambas razas han firmado con su 
sangre ! ¡ Qué responsabilidad ante la 
Historia, y qué fracaso material para 
la ambición malsana! Porque en Cu- 
ba no será posible el predominio ab- ' 
soluto de una raza. Ni el blanco lo- 
graría sojuzgar al negro, bastante 
fuerte para mantener sus derechos a 
una vida completa, libre y digna en 
la tierra que es su patria, ni el negro 
conseguiría sobreponerse al blanco, 
sobrado numeroso, ilustrado y rico 
para poder salvar su independencia 
y su decoro. 

Pero reflexionemos mucho, reflexio- 
nemos hondamente acerca de lo que 
voy a exponer, que es cosa grave so- 
bre toda ponderación : Si en el conflic- 
to sangriento es seguro que ninguno 
obtendría triunfo definitivo sobre el 
otro, es muy probable que uno y otro 
sí llegáramos a procurarnos, por el 
solo hecho de irnos a las manos, un 
mal espantoso, el peor de los males, 
un mal sin remedio y por lo mismo 
eternamente lamentable. Cuba ocupa 
tal posición, que el menor sacudimien- 
to interno del género a que hacemos 
referencia, podría tomar las propor- 
ciones de un suicidio. Hállase nuestra 
patria en la peligrosa vecindad de un 
pueblo poderosísimo, a quien muchos, 
con más o menos fundamento, le atri- 
buyen ambiciones recónditas, miras de 
absorción que aguardan una coyun- 
tura para producirse, y como seme- 

85 



.jante pueblo vive en el recelo y en la 
desconfianza de uno de sus elementos 
componentes, de su raza de color, bas- 
taría acaso el menor choque entre las 
razas cubanas para que ke creyese au- 
torizado a intervenir, so pretexto de 
que alguna de nuestras chispas po- 
dría volar y prender el incendio en 
su mismo territorio. Y como sabemos 

.a dónde van fatalmente a parar tales 
intervenciones, ¡ ay de nuestra inde- 
pendencia! ¡ay entonces de esta obra 
gigantesca que estamos levantando a 
costa de sacrificios casi mortales, inau- 

> ditos! ¡ay del fruto preciosísimo que 
están dando en este instante nues- 
tras riquezas todas consumidas ; nues- 
tros hogares derribados; nuestros 
campesinos trocados en famélicos es- 
pectros ; el viejo, que no halla . res- 
peto para sus arrugas ; el niño, que no 
halla lástima para su debilidad; la 
mujer, que no halla salvación para 
su honor; la raza toda, carcomida, 
amenazada por la enfermedad y la 
miseria, diezmada por las balas en la 
manigua, por el asesinato en la vere- 
da, por el fusilamiento en los fosos, 
por el palo en las prisiones, por la 

i tristeza y la privación en el destierro ! 
¡ Ay de la predicación de Martí, de las 
hazañas de Maceo, de la abnegación 
y heroísmo de todos los cubanos ! ¡ La 
patria de nuestra alma latina, con- 
vertida en un pedrusco del territorio 
del sajón! ¡Nuestra brillante estrella 
solitaria, perdida entre un montón de 
estrellas extranjeras ! No, cuba- 
nos, no: amémonos mucho, amémo- 
86 



nos todos, porque ¡ ya veis ! el amor es 
la condición de nuestra existencia 
nacional. Y a esos locos, a esos que 
sueñan con dominaciones imposibles, 
a los racistas, al racista blanco y al 
racista negro, gritémosles : — ¡ Atrás ! 
vuestros sentimientos no son genero- 
sos, no sabéis amar a Cuba, que es 
madre de blancos y de negros, no te- 
néis alma cubana! — Y mostrémosles, 
allá, en las alturas de la inmortalidad, 
las sombras de Martí y de Maceo, 
abrazadas, como se abrazaban en vida 
los dos héroes, sellando de ese modo 
la unión indisoluble de ambas razas! 

He dicho. 



87 



AUGUSTO DE ARMAS 

Conocí y traté en París a Augusto 
de Armas, y sinceramente lo pintaré 
tal como me pareció. No tenía más 
que un defecto capital, del cual pue- 
do, por fortuna, hablar con franqueza 
ya que él mismo se jactaba de poseer- 
lo, creyéndolo — naturalmente — su 
cualidad mejor, el signo inequívoco 
de su superioridad : ese defecto era el 
orgullo. Hasta resolvió una vez aña- 
dir a su nombre, para firmar traba- 
jos literarios, el adjevito l'Orguei- 
lleux, a imitación de aquel otro deca- 
dente que a él propio se apellidó le 
Magnifique. Varios amigos, a fuerza 
de bromas, se lo quitaron de la ca- 
beza. El orgullo de Armas, por lo 
desmesurado, no lastimaba a nadie : 
los pequeños nos sentíamos igualados 
a los grandes ante aquel jovencito 
desdeñoso, que era, sin embargo, ama- 
ble, puesto que a unos y otros, con ri- 
sueña facilidad, nos llamaba ilustres 
o eminentes. 

Armas era poeta, aunque poeta en 
la más estricta significación de la pa- 
88 



labra. Sentía vivísimamente la be- 
lleza del verso y de la imagen; pero 
el mundo en sí mismo, la naturaleza, 
el hombre, carecían de sentido, casi 
de existencia para él. Nada huma- 
no — a excepción de la poesía escrita 
— lo interesaba; deshacíase en boste- 
zos si a su lado se promovían conver- 
saciones acerca de religión o de polí- 
tica : él* no era republicano ni mo- 
nárquico, católico ni libre-pensador, 
y el problema filosófico-social más im- 
portante, lo era menos a sus ojos que 
el de hallarle a cada palabra del fran- 
cés, y aun a cada sílaba, un valor 
sugestivo, fonético o pictórico. De las. 
pasiones, de las tragedias o catástro- 
fes no percibía sino lo exterior, el 
cuadro, el gesto: simple ocasión de 
ponerse a cincelar alejandrinos. Esta 
insensibilidad parece que es condi- 
ción de la escuela decadente ; pero 
en Armas no era afectada, sino muy 
natural : realmente aquel hombre 
amaba poco a sus semejantes. 

Con sus compatriotas, los cubanos, 
no era blando; pero el objeto princi- 
pal de sus burlas era nuestra hermosa 
lengua castellana, a la que negaba 
todo : riqueza, vigor, armonía, indig- 
nándose de que osara alguien compa- 
rarla a la francesa, lengua maravillo- 
sa, ésta sí, lengua ideal, destinada, 
sin embargo, a recibir de sus manos 
una perfección mayor. 

¿Fué feliz en su pobreza? — Al pa- 
recer sí, porque se le veía vivir a la 
buena de Dios, como los pájaros, sa 
89 



tisfecho de sí mismo, cantándose sus 
propios versos, pronto a exclamar co- 
mo aquel bachiller de Fausto: "¡El 
mundo no existía antes de que lo hu- 
biese creado yo, yo saqué el sol. del 
seno de las olas, conmigo comenzaron 
las revoluciones de la tierra en su ca- 
rrera!" Pocas veces, en efecto, po- 
dría tropezarse con otro "Yo" tan 
petulante y agresivo, su conversación 
y sus versos (véanse las Rimes Byzan- 
tines) no eran sino perpetuo y fer- 
voroso himno a su inconmensurable 
personalidad. Pero llevaba una espi- 
na clavada en el corazón, lo tortu- 
raba la injusticia universal de que se 
creía víctima (siempre el Yo). El no 
ser él ya célebre en París y no ser 
rico todavía, eran dénis de justice im- 
perdonables — y soltaba esos "dénis 
de justice", arqueando el labio, para 
que partiesen, como flechas, a herir a 
los injustos. 

En suma, fué feliz. Llevó esa vida 
libre y azarosa del bohemio, vida que 
en París no carece de encanto, y aun- 
que era insociable por naturaleza, 
siempre encontraba entre los compa- 
triotas y entre los demás hispano- 
americanos algún afecto indulgente y 
la consideración que por su talento 
merecía. No quería sujetarse al tra- 
bajo que da el pan, porque, según él, 
la sociedad debía mantener a los poe- 
tas, y aunque la sociedad lo mantenía 
mal o no lo mantenía, su decisión era 
constante : antes perecer que aceptar 
tarea obligatoria. Entró una vez, co- 
90 



mo redactor, en un diario parisiense,, 
y su primer trabajo fué un cuentecito- 
tan desvergonzado, tan atroz (amores 
de un padre con su hija), que la edi- 
ción fué recogida y el gerente del 
periódico tuvo que pagar crecida mul- 
ta. Armas se vio, naturalmente, des- 
pedido. Pero en su labor poética era 
tenaz, infatigable y además fecun- 
do: componía incesantemente, en su 
cuarto, en las brasseries, en la calle, 
escribiendo con lápiz sobre hojas dé 
papel de todas clases y formas, hojas 
que iban amontonándose, sueltas y 
sin numeración, en una maleta de 
cuero, único equipaje que llevaba con- 
sigo en sus mudadas. 

Armas no tenía más instrucción 
que la clásica que se recibe en los co- 
legios. Fuera de ésta, su ignorancia 
era pasmosa. Jamás había yo encon- 
trado espíritu menos curioso que el 
suyo, llegando su indiferentismo has- 
ta el extremo de desconocer, casi, el 
París monumental y artístico que por 
todos lados lo estrechaba. No había 
para él más arte que el del verso, 
ni ocupación más noble que la de " la- 
brar metáforas insólitas". 

Tuvo un amorcillo. . . y bien pue- 
do mencionarlo, porque la mujer que 
lo inspiró ha probado que es digna 
de que la conozcan y respeten. Era 
una muchacha del pueblo, sin belle- 
za, muy pobre, pero se unió a aquel 
joven tan desgraciado como ella, y lo 
cuidaba, le iluminaba con su alegría 
ingénita el tugurio en que vivía, y 

91 



quién sabe si en esos minutos de des- 
fallecimiento en que aun los más con- 
fiados caen, lo alentaba a proseguir. 
Se les encontraba siempre juntos por 
calles y en cafés, y todavía conservo 
en la retina la imagen de tan extra- 
ño matrimonio : él, flaco ya, muy mo- 
reno, derechito dentro de sus pantalo- 
nes algo cortos y de su levita aboto- 
nada hasta el cuello, con la crespa 
melena flotando y saltando bajó el 
ala plana de un sombrero de copa, 
ya sin pelos y lustroso; ella, larga y 
desgarbada, eternamente vestida de 
una saya azul y envuelta a la diabla 
en una manta de color castaño, cu- 
bierta de una capotita informe sobre 
la cual cimbraban, a compás del paso, 
dos gruesas flores en la punta de dos 
alambres invisibles. Aquella pareja, 
que por lo maltrecha y descarnada 
parecía no deber simbolizar sino la 
privación y la tristeza, irradiaba, sin 
embargo, la satisfacción y el conten- 
to y corría, que no marchaba, a tra- 
vés de la brillante capital, con la 
frente erguida y el saludo pronto y 
estruendoso, ufano él de mostrar al 
mundo su mujer o entregado a la de- 
licia de cazar en el aire rimas raras 
para su Poéme du Cerveau; envane- 
cida ella de que la viesen con su poe- 
ta, con ese mismo que algún día, qui- 
zás mañana, iba a ser una de las ce- 
lebridades de París y a tener palacio, 
y coche, y cuenta abierta en los gran- 
des almacenes. . . 

¡Ay! el pobre joven cayó enfermo 
92 



y fué preciso llevarlo al hospital. La 
Charité lo recibió en grave estado, 
con una pleuresía aguda, doblemente 
peligrosa en aquel organismo de suyo 
débil y estropeado además por varios 
años de vida de bohemio y de poeta. 
La joven no se apartó de su lado du- 
rante las horas que el reglamento se- 
ñalaba para visitas de los deudos, y 
el resto del día lo pasaba en continuo 
vagar alrededor del edificio, inqui- 
riendo noticias y pronta a cualquier 
llamamiento. 

Al cabo de un mes, poco más o me- 
nos, dieron de alta a Armas. No me 
atrevería a emitir sobre este acto 
juicio alguno que pareciese querer 
atacar la seriedad de La Charité, uno 
de los mejores hospitales de París. 
Pero no puedo menos de preguntarme 
cómo se decidieron a poner en la ca- 
lle, por curado, a un hombre que po- 
cos días después moría sin haber su- 
frido recaída alguna. Si había sanado 
de la pleuresía ¿no quedaba con otra 
enfermedad peor, y agudísima, como 
que visiblemente lo mataba? Los que 
diariamente lo habían auscultado, 
¿pudieran dejar de reconocerla mar- 
cha, no, el galope de aquella tisis de- 
vorante? ¿Por qué no retenerlo en- 
tonces, o por lo menos dirigirlo a otro 
establecimiento, si la nueva enferme- 
dad no era de su resorte, o por qué 
no advertir siquiera de la gravedad 
del caso a la compañera del pacien- 
te ? . . . Diéronlo sin más ni más de 
alta, y nuestro infeliz compatriota, 
93 



que no podía tenerse en pie, hubo de 
salir al instante a convalecer fuera 
de allí. 

Trasladáronlo a una quinta de 
Courbevoie, pueblecillo de las cerca- 
nías, que se encontraba inocupada y. 
que su dueño el Sr. Urruela — un sud- 
americano caballeroso — ponía a dis- 
posición del poeta hasta que hubiese 
recobrado la salud. El mismo señor 
Urruela y dos o tres personas más 
pusieron en manos de la compañera 
del inválido cierta suma de dinero — ■ 
y cito el hecho porque han corrido 
voces de que Armas había muerto en 
absoluto desamparo, casi de hambre. 
No, en la quinta, su morada última, 
no careció de lo preciso ; su solo ali- 
mento debía ser la leche, y túvola ex- 
celente y abundante, y respecto a 
cuidados, recibió la asistencia admi- 
rable de su amiga, que se hacía ade- 
más secundar por los porteros de la 
casa. No careció de nada. Tan lejos 
se estuvo de que faltasen los recursos, 
que a su muerte quedó una pequeña 
cantidad de francos que la muchacha 
intentó devolver a los generosos do- 
nadores y que éstos se negaron a ad- 
mitir, regalándosela. Y en .lo que to- 
ca al aislamiento en que se vio, obra 
fué ésta exclusivamente suya: a na- 
die quiso comunicar noticias' de su es- 
tado, y llegaba a irritarse si su ami, 
ga insistía en la conveniencia de lla- 
mar a algún compatriota, con el sim- 
ple objeto de que lo distrajese. La co- 
lonia, pues, ignoraba de todo en to- 
94 



do la situación del poeta, porque aque- 
llos mismos que* habían sabido su en- 
fermedad anterior y su salida del hos- 
pital, lo creían convaleciendo allá en 
el campo. Su fallecimiento no se co- 
noció sino diez días después de acon- 
tecido, y la noticia, dada por el señor 
Figarola y Caneda, que fué el prime- 
ro que la supo, produjo tanto asom- 
bro como pena. 

Pero volvamos al enfermo. En aque- 
lla quinta espaciosa y solitaria fué 
consumiéndose con aterradora rapi- 
dez. Apenas dormía, y como no podía 
andar ni hallarse acostado, pasaba 
los días y las noches incorporado en- 
tre almohadas sobre el lecho o senta- 
do en un sillón, con los ojos fijamente 
bajos, encendido por la fiebre, as- 
fixiándose, padeciendo, pero dictando 
alejandrinos franceses o escribiéndo- 
los él mismo hasta en orillas de perió- 
dicos. He visto estos versos últimos, 
trazados con lápiz tembloroso, y no 
revelaban por cierto atonía, sino más 
bien viva excitación intelectual : eran 
claros y armoniosos, y ninguno se re- 
fería al estado en que se hallaba, co- 
mo si no hubiese tenido, al compo- 
nerlos, conciencia del fin próximo. 

Una mañana, a la semana poco más 
o menos de encontrarse allí, se sintió 
muriendo, hizo que su compañera lo 
tomase en brazos y lo llevase del si- 
llón al lecho, y tras breves minutos de 
sofocación, en que la mirada, según 
su amiga, no expresaba sino infinito 
azoramiento, expiró. 
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La municipalidad de Courbevoie lo 
enterró al siguiente día, como a pobre 
de solemnidad, en la fosa común. A 
ella fué conducido en el carro de los 
desheredados, carro horrible, sin mol- 
duras, sin penachos, sin ganchos si- 
quiera para colgar coronas. . . Las 
coronas no se hacen para carros como 
ése. El de Armas, no obstante, lleva- 
ba, prendida de un clavo cualquiera, 
una coronita, una pobre coronita de 
cinco francos, sobre cuyas cuentas el 
sol de julio ponía puntos de luz que 
parecían destellos de diamantes. De- 
trás del carro, y por todo cortejo, iba 
una mujer alta y flaca, vestida de una 
saya azul y envuelta en una manta de 
color castaño. Era la compañera del 
poeta, aquella que con él recorría las 
calles de París, envanecida, alegre, 
soñando trajes, y joyas, y fiestas, 
mientras él cazaba en el aire rimas de 
oro para el poema que debía justificar 
su orgullo y darle la celebridad y la 
riqueza ... Y ahora lo acompañaba 
también, triste, toda quebrantada de 
acabar de recibir sobre la nuca la 
caída de su mundo, pero adicta siem 
pre a su poeta, al pobrecito que, des 
pues de haber aspirado a tanto, iba 
humildemente a esconderse en el seno 
de la tierra. Ella le pondría, en vez 
de los laureles entrevistos, su coroni- 
ta de cinco francos, bien empapada 
en lágrimas de verdadero amor. . . ca- 
rona al fin y al cabo la más digna de 
un poeta. 



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